El pueblo cada vez más flaco; el rey cada vez más gordo

Vanessa Londoñ

Jueves, 1 de Octubre de 2020

El ejercicio del poder supone una deformación simbólica que permite distinguir el cuerpo físico del político, especialmente cuando queda sometido a la tensión entre el autoritarismo del gobernante y la precariedad de la población. Dado que entre ambos cuerpos simbólicos se crea entonces una relación de consumo como instrumento de control, el hambre de un país no puede leerse nunca separada de la gordura del rey que lo gobierna. El apetito insaciable del Ejecutivo en Colombia, por ejemplo, y su concentración de poder casi absoluto, acompañada de un gasto público exagerado, ha dejado en el otro extremo de la relación a una ciudadanía cada vez más empobrecida.

Tras la cuarentena, en efecto, cerca de un millón seiscientos mil familias pasaron de consumir tres comidas diarias a solo dos, y otras ochenta y cinco mil pasaron a ingerir solo una; mientras que los habitantes de los barrios más vulnerables de Bogotá tuvieron que cubrir puertas y ventanas con trapos rojos para recordarnos que adentro se morían de hambre. A falta de una política pública contundente que contarrestara la ya conocida crisis, esta vez profundizada por la pandemia, el Gobierno respondió con la entrega de víveres, generalmente en mal estado y pagados con sobrecostos. Unas semanas más tarde, los medios denunciaron que hay niños almorzando carne de caballo y de burro hace más de un año, también por cuenta de uno de los planes de alimentación pública del Gobierno.

El hambre tiene una propiedad para nutrirse en sí misma, para cebarse y para reproducirse; para generar criminalidad, inseguridad y miedo. Hace unos meses, sin embargo, en plena crisis económica, la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez declaró públicamente que los colombianos no podíamos ser unos “atenidos” a esperar a ver qué podía hacer el Gobierno por nosotros. Dicen algunos historiadores que la revolución francesa se inició con un autorretrato de la artista Vigeé Le Brun, en el que aparecía sonriendo, y que ese acto fue entendido como un gesto de provocación contra la monarquía que se había quedado mueca por los extravagantes banquetes de azúcar que habían dejado a Luis XIV y a toda su corte sin dentadura.

La frase de Marta Lucía es emblemática precisamente porque allí se localiza toda la superficialidad y la falta de humanidad de ese país que, como la Corte de Luis XVI, nunca ha pasado hambre; y que no entiende que la gente no solo no espera a ver qué puede hacer el Gobierno por ella, sino que, muy por el contrario, está permanentemente defendiéndose de él, del Estado y de la fuerza pública. Las condiciones de hambre que se viven hoy en Colombia son idénticas a las que dieron lugar a los amotinamientos del pan en Tolouse en 1778, cuando la gente, cansada de la pobreza y del abuso de poder, inició un levantamiento al que se sumaron varios gremios abusados durante la crisis económica propiciada por los excesos de la corona, y que a la postre derivaría en la revolución francesa. Grave es que las políticas públicas de este gobierno se parezcan también a las que en su momento adoptó la monarquía para mitigar el hambre de los ciudadanos: si no hay pan, que coman pastel.

La democracia ha sido el otro banquete del gobierno y los jueces han tenido que protegerla a lo largo del país en sus fallos. Hemos visto intentos de Iván Duque por convertirnos en un Estado confesional y de opinión, sin respeto al principio de la separación de poderes, e intentos por convertirnos en un régimen totalitario, con la descarada persecución a la prensa y la violenta represión a los diversos sectores de la oposición. La fuerza pública, en efecto, ha respondido con brutalidad a las protestas de la población civil mediante una derogatoria explícita del Estado de derecho, a costa del adelgazamiento político de la democracia.

El gesto más mezquino de Duque hasta ahora ha sido usurpar impunemente las reservas legislativas del Congreso para pasar, a decretazo, una reforma laboral que, en plena pandemia, precarizó todavía más las condiciones laborales de los trabajadores. Y prefirió pasarle 370 millones de dólares a una aerolínea extranjera que saciar el hambre de la gente, mediante la garantía de acceso a un ingreso mínimo vital capaz de frenar los daños irreversibles de esta hambruna. El Ejecutivo en Colombia está gordo, y no hablo aquí solamente de esa obesidad simbólica que le hace guiño al autoritarismo gringo, sino de aquella que, como en las pinturas de Botero, refleja una época de poder hinchado por los excesos del narcotráfico.

*Vanessa Londoño es escritora colombiana ganadora del Premio Aura Estrada de Literatura y del Premio Nuevas Plumas de crónica periodística.
*Vanessa Londoño es escritora colombiana ganadora del Premio Aura Estrada de Literatura y del Premio Nuevas Plumas de crónica periodística.

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