El brigadista y la cocinera. Carta de homenaje a Tulita Alvarenga

Jorge Boccanera | Sábado, 12 de septiembre del 2020

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Foto: CortesíaSabía que Tulita guardaba una extensa experiencia de vida como luchadora y que de ningún modo su figura estaba muy lejos de haber sido solamente “la mujer de” Salvador Cayetano Carpio, dice el escritor Boccanera

Una mujer serena, de gran sabiduría. Así vi a Tulita Alvarenga a inicios del 2000 en un barrio de San José, Costa Rica, ciudad donde yo había vivido ocho años atrás y trabado amistad con el salvadoreño Sebastián Vaquerano, por entonces director de EDUCA. Sebastián, que llegaría a embajador de su país en 2009, me había hablado de esta valerosa mujer revolucionaria, incluso del cruce con Ernesto Guevara en la Guatemala de Árbenz. Así que no dudé en trasmitirle mis deseos de conocerla y dialogar con ella, a lo que accedió. Sabía que Tulita guardaba una extensa experiencia de vida como luchadora y que de ningún modo su figura estaba muy lejos de haber sido solamente “la mujer de” Salvador Cayetano Carpio. Por supuesto ya conocía yo algo de la historia de El Salvador -masacre de 1932,  Farabundo Martí, Miguel Mármol, Roque Dalton, el accionar del FMLN desde 1980 y por supuesto la trayectoria de un dirigente de la talla de Cayetano Carpio y su trágica muerte en 1983-, también había leído de éste último el libro Secuestro y capucha que reseña con pluma vibrante el padecimiento que padeció junto a Tulita en manos de los esbirros del régimen.

Finalmente de aquella charla con Tulita armé la entrevista que sigue, que inicialmente se publicó en la revista Lezama (Nº4, Buenos Aires, julio de 2004) y luego fue recogida en el libro Entrelíneas 2 (ediciones Desde la Gente, Buenos Aires, 2006). 

Sirvan de homenaje estas líneas al recuerdo de esa maravillosa mujer fallecida en julio pasado, y a todos los luchadores salvadoreños que han bregado generosamente por el sueño de una patria más solidaria y justa.

Jorge Boccanera, Buenos Aires, agosto de 2020.

El brigadista y la cocinera

El Che y la dirigente “Tulita”: cruce de destinos en Guatemala

A los 25 años Ernesto Guevara empieza a ser el Che. Está en Guatemala, el parteaguas de su evolución política, donde se observa un indudable salto de conciencia. Integra el grupo de asilados que llena la embajada argentina en una Guatemala a las puertas del golpe de Castillo Armas. Acomoda la bombilla pensando, quizá, que no hay ser más solitario que un argentino tomando mate entre extranjeros que observan extrañados el rito. Casi nadie lo conoce –algunos lo creen “agente peronista”- y él ignora quiénes son esas personas con las que va a compartir dos meses interminables de encierro. No sabe ni tiene por qué imaginarse los destinos de esas vidas que caminan al lado suyo: como el líder estudiantil guatemalteco Ricardo Ramírez (con los años se transformará en Rolando Morán, comandante del Ejército Guerrillero de los Pobres), el diputado guatemalteco comunista y diputado campesino Carlos Manuel Pellecer (pronto a convertirse en un converso) o Tulita Alvarenga, esa mujer sencilla que le sirve un plato de comida (una dirigente popular salvadoreña a la que espera una vasta  experiencia guerrillera).  

La historia guarda cruces de vidas, esporádicos pero tenaces, que van más allá del dato anecdótico por la proyección posterior de los personajes. Guevara llega a Guatemala  a fines de 1953 y permanece allí alrededor de 9 meses, dudando entre seguir viaje a China o Europa. Se acaba de recibir de médico en Argentina, pero en su nuevo destino realiza trabajos fugaces y mal pagos: vendedor callejero de una figura de lata con la imagen del Cristo negro de Esquipulas, enfermero, pintor de brocha gorda y, entre otras labores, peón en una cuadrilla que descarga barriles de alquitrán. La mujer que le acaba de alcanzar una fruta, Tulita, arribó escapando de la represión de El Salvador, pero su compañero sigue preso; nada menos que el dirigente Cayetano Carpio, “Marcial”, quien años después se convertirá en el máximo dirigente del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. 

Bajo la parsimonia de esa mujer octogenaria de extraño nombre, “Tulita”, que vive hoy en Costa Rica, se agita una vida de lucha y de décadas de clandestinidad. Este es su testimonio: Nací en Plazuela Ayala, un barrio popular y muy pobre de San Salvador. Mi papá, Filadelfo Morales, obrero de la construcción, murió cuando yo tenía 3 años y quedé al cuidado de mi mamá Carmen Alvarenga. Yo uso el apellido de mi mamá porque yo era hija natural, ilegítima, como decían antes, y a pesar de que mi papá me  sacó la partida de nacimiento me pusieron el apellido de ella. Mi papá eligió mi nombre, ‘Julia’ dijo, pero el empleado del registro civil no sabía escribir bien y puso Tulia, así me dijeron ‘Tulita’ y me quedó para siempre. 

Mi mamá no tenía profesión cuando murió él, yo comencé a trabajar de niña, a los 10 años. Era hija única, trabajaba en una tienda donde me daban los útiles para que yo pudiera  estudiar y la comida. Después ya saqué mi sexto grado, ¿verda? Tuve dos hijos que crié solita. Seguí trabajando en tienda hasta que entré en una fábrica de gaseosas. 

Yo no tenía inclinación gremial. Encontrar ese trabajo en la fábrica fue importante, más estable. Entré en 1947 y cinco años después se vino la represión. Antes, en 1930 hubo una matanza muy grande. Recuerdo a la gente atemorizad, contando cómo sacaban camionadas de personas a matarlas  al campo, al que hablara contra el gobierno lo acusaban de comunista y eso era una muerte segura. Esta represión del 52, durante el gobierno de Oscar Osorio, fue en respuesta a la fuerza que estaba tomando el movimiento sindical y popular.

Me detuvieron el 26 de setiembre de 1952 porque yo era dirigente sindical. Cuando entré  a trabajar a la  fábrica existía una Asociación de Trabajadores de  la Industria de Bebidas, Gaseosas, Cerveza, Hielo y Agua Potable, pero estaban prohibidos los sindicatos. Las mujeres participábamos en la lucha reivindicativa, muchas se afiliaban aunque debían cuidar los hijos después de las horas de trabajo. Yo estaba en la dirección del sindicato, me decidió ver las malas condiciones en la fábrica, los salarios bajos, los despidos injustificados, ¿verdad? 

En Guatemala se siente Guevara, por vez primera, parte en un conflicto político; el que desata el aplastante poderío norteamericano frente al gobierno reformista de Arbenz agitando el fantasma del comunismo. El mismo embajador de Estados Unidos dirá luego de la entrada de los mercenarios: “Esta es nuestra primera victoria sobre el comunismo en todo el mundo”. Guevara frecuenta a exiliados cubanos que habían participado en el asalto al cuartel Moncada, al intelectual nicaragüense Edelberto Torres que acaba de publicar la biografía más completa hasta hoy de Rubén Darío, al norteamericano Harold White que se dice perseguido por la CIA, pero el diálogo principal lo tendrá con la peruana Hilda Gadea, en cuya biblioteca va a consultar libros del marxismo, y numerosos autores desde Jean Paúl Sartre a César Vallejo. Divide su tiempo en el estudio del pasado prehispánico y la escritura de un libro sobre la función del médico en Latinoamérica. Frente la acción desestabilizadora de la United Frit, se acerca al Partido Guatemalteco del Trabajo (comunismo vernáculo), visita los sindicatos (duerme en la CGT guatemalteca), y ya en plena crisis realiza prácticas militares y se anota en brigadas de resistencia. En un texto escrito al calor de los hechos, “El dilema de Guatemala”, concluye: “Es hora de que el garrote conteste al garrote, si hay que morir que sea como Sandino”. Discute ardorosamente sobre la situación, y pasa de la confianza en Arbenz, a exponer ante amigos más mesurados como el argentino Ricardo Rojo la necesidad imperiosa de implementar una resistencia que vaya más allá de la instancia diplomática. El 14 de junio cumple 26 años en medio de un ambiente tenso; escucha por la radio que las autoridades alemanas, por presión de los Estados Unidos, retienen un envío de armamento adquirido por el gobierno guatemalteco.

Estuve detenida casi un año. El gobierno, para justificarse, inventó un complot comunista y  amanecimos en la cárcel más de cien personas: profesores universitarios, estudiantes y obreros. Ese año murió Eva Perón; todas las  embajadas argentinas tenían un delegado obrero con rango de diplomático, encargado de hacer llegar  la propaganda a los sindicatos. Yo no tenía mucha idea de ella, más que se dirigía  a los trabajadores como ‘mis descamisados’; querían implantar en todos los países el sindicalismo peronista. La  propaganda la hacía ver como una  benefactora. Pasaron una película  sobre Evita en San Salvador.

Pasé 11 meses presa. La presión popular hizo que el gobierno mandara algunos opositores al exilio. No había pruebas del complot, el gobierno optó por negar a los presos y quedamos secuestradas 18 personas, entre ellas mi compañero, Cayetano Carpio, nos capturaron  juntos, militábamos en el Partido Comunista salvadoreño. Alguien pudo enviar una notitas a la familia y la noticia de nuestra detención se difundió por la Asociación General de Estudiantes Universitarios,  y abogados que pidieron la exhibición personal a la corte; pero la corte avisaba a la policía y nos cambiaban de lugar, nos escondían en sótanos; íbamos de cárcel en cárcel, a veces en ambulancias. 

Una medianoche nos sacaron  a 14 –el resto quedó adentro, entre ellos Carpio- y nos llevaron a Honduras. Allí la policía  nos mete a la cárcel de Nacaome, un pueblito fronterizo, después en lancha nos llevan a  la ciudad de Mapala. Se enteró la Federación de Estudiantes Universitarios de Honduras y reclamó por nuestra libertad. Fue que decidieron, antes que dejarnos libres en territorio hondureño, mandarnos a Guatemala. Viajamos en lancha y después en avión hasta cerca de las ruinas de Copan, todavía ignorábamos adónde íbamos, pero un soldado tuvo lástima y nos dijo: ‘ustedes van a Guatemala, ¿tienen dinero para pagar una bestias?’. A caballo llegamos hasta la frontera de Florido que ya era Guatemala.

En Florido nos estaba esperando una gran escolta, explicamos que éramos salvadoreños expulsados y allí todo cambio ¿verdad? Fíjese que cuando llegamos la situación pues fue diferente, era el tiempo de Arbenz y el jefe de la policía nos dijo: ‘ustedes aquí están como en su casa’. Al día siguiente por pedido nuestro nos llevaron a la  Confederación General de Trabajadores de Guatemala.

Contra la opinión ¿discriminatoria? de algunos biógrafos del Che respecto a que Hilda Gadea no debió causarle al argentino “una notable primera impresión” (“chaparrita, regordeta, de ojo achinado que proviene de su abuela indígena”, escribe Paco Ignacio Taibo), esa peruana de 27 años, sólidos conocimientos políticos y sensibilidad especial hacia el arte y la cultura, va a convertirse en su compañera. Militante del APRA, había escapado de la tiranía de Odría y hallado trabajo en una institución que organizaba cooperativas campesinas. Con Guevara comparte paseos, mítines, lecturas; juntos traducen poesía de Walt Whitman, intercambian visiones sobre corrientes revolucionarias, charlas sobre el Popol Vuh. Se separan por breves lapsos: cuando Guevara  sale para renovar su visa hacia El Salvador o visita ruinas arqueológicas. A esa mujer, que según sus propias palabras “Tiene un corazón de platino”, Guevara le propone casamiento. Era una propuesta anunciada, por eso no cae como una bomba, lo que sí truena en ese momento es el cañoneo de las tropas rebeldes al mando de un coronel con la paradoja de apellidarse “Armas” y la tristeza de exhibir un bigotito hitleriano. La propuesta llega junto a vuelos rasantes sobre la capital de aviones que arrojan panfletos, en una intensa campaña de hostigamiento, desinformación y propaganda. La crisis guatemalteca no dura más de tres semanas y el gobierno cede sin dar lucha. El Che participa  en brigadas urbanas, mientras Hilda va presa y es interrogada sobre un tal ‘doctor Guevara’. Cuando él quiere entregarse, un amigo lo convence de refugiarse en la embajada argentina. Hilda sale en libertad a los pocos días y trata infructuosamente de cruzar  la puerta de la delegación diplomática para verlo.

Era el 54 y Guatemala vivía una situación bien tensa, el gobierno era democrático de verdad, había  dado amplias libertades al pueblo.  Los salvadoreños  formamos una asociación para apoyar la revolución, participábamos en muchas actividades y denunciábamos la situación en el Salvador.  Cayetano seguía preso; se había fugado a los seis meses de haber salido nosotros, pero lo habían atrapado. En Guatemala había un clima de  mucha tensión, una campaña anticomunista muy fuerte ¿verdad?, sobre todo en las iglesias, contra los programas sociales del gobierno, que eran muchos, como los comedores infantiles y las guarderías, que tanto beneficiaban a los niños. Yo llegué a trabajar a esa guardería  y me di cuenta de cómo trataban a los niños, ¿verdad?, le daban ropa, buena alimentación, estaban muy bien atendidos, pero desde los púlpitos estaban diciéndole a la gente que debían sacar a los niños de las guarderías, porque eso era una política para quitarle a los hijos a las madres.

Esa tensión pues, fue en aumento; llegaban aviones tirando propaganda y la gente recurría a la CGT a pedir información, la gente quería defender la revolución, quería prepararse, se ofrecían, pero nada se concretaba, ¿verdad? Me  recuerdo que Victor Manuel Gutiérrez, secretario general de la CGT y diputado, salía a decir ‘tengan calma compañeros, la situación está controlada, todo se va a arreglar’. Él se asiló también. En ese clima se dio el golpe de Estado, por esos días unos funcionarios del gobierno habían pedido  por televisión que el pueblo tuviera confianza, que el ejército era leal y estaba combatiendo. Guatemala se había convertido en el áncora de salvación para tanto perseguido político de Latinoamérica. Yo vivía donde una salvadoreña casada con un guatemalteco, un alto empleado del gobierno. Un día regresaba del Hospital del Seguro Social, donde trabajaba, y toqué la puerta pero no había nadie, se habían asilados en la embajada del Ecuador, total que me quedé en la calle.  Una compañera, Fidelina, me dijo que los salvadoreños se iban a reunir para decidir, y se decidió buscar refugio en nuestra embajada para obligar al gobierno a que nos reciba, pero  no dejaban entrar a nadie. Los compañeros decían que a las embajadas no se podía ir, que estaban todas custodiadas y repletas de asilados. Otra amiga me dijo que su esposo habían ido a la de Argentina: ‘pero yo no creo que usted pueda entrar porque a esta horas debe estar custodiada Ella había preparado una maletita de ropa para llevársela a su esposo y  dice: ‘si usted se anima y se la lleva, tal vez la dejen entrar’. Pues démela, le dije. La embajada Argentina estaba tranquila, solamente uno par de soldados. Entonces llegué y les pedí: ‘quiero que me haga el favor de darme permiso de dejarle una  ropa a un familiar que está aquí’. Me dijeron: ‘entre, pero sale luego’. Y ya no salí. Allí encontré unos 15 salvadoreños, entre ellos una compañera dirigente del sindicato de costureras, Angélica Trigueros, muy buscada en El Salvador.

Guevara mastica su rabia y su impotencia, es un asilado en la embajada de su país. Todo ha sucedido aceleradamente: el 28 de junio de ese año Castillo Armas está en el gobierno y Arbenz refugiado en la embajada de México. El argentino insiste en que había que armar al pueblo contra la invasión y de no poder sostener la defensa de las ciudades principales, haberse replegado a zonas de selva y montaña. Los ataques de asma son frecuentes, y para colmo quedan inutilizados sus  vaporizadores. Debe cuidarse en las comidas, ya que algunos alimentos le desencadenaban una hiper reactividad bronquial. Cuando la dolencia aumenta, se purga y ayuna. En la embajada le proveen esa comida que a veces le prepara Tulita Alvarenga. Guevara juega al ajedrez, ayuda en labores generales, deambula entre personas que comentan la llegada inminente de salvoconductos.  De parte de su familia recibe unos pocos dólares, ropa, yerba mate, ejemplares de la revista El Gráfico y “un montón de babosadas”. Se queja como león enjaulado: “Todo está complicado como la puta. Yo no sé cómo voy a salir de aquí”.  

¡Muchísima gente, viera! Más de cien personas en un  terreno bastante amplio; estaba la casa de la embajada y más adentro la chancillería, allí había personas importantes, gente del gobierno, coroneles leales a Arbenz, dirigentes. Entre los que dormían en la chancillería estaba el Che. La embajada, como le digo, era bien espaciosa con un engramado  grande donde nos  sentábamos a conversar. Entre todos nos organizábamos para hacer la limpieza, nos íbamos turnando, ¿verdad? Nosotros estábamos durmiendo en el suelo, no había camas para todos.    

Los primeros días fueron muy tensos. El embajador nos reunió para informarnos que la embajada estaba siendo seriamente amenazaba, que planeaban asaltarla y que ellos estaban dispuestos a defender el derecho de asilo a como diera lugar. Estuvimos casi un mes, yo iba a salir en el primer viaje, para la Argentina. Mi compañero, Carpio, ya estaba en libertad y después de seis meses de prisión marchaba a México.

En la embajada estaba el Che, nadie lo conocía ni sabíamos cómo había llegado a Guatemala, se decía que trabajaba con la juventud. Dicen que allí tomó conciencia y debe ser, porque  el gobierno de Arbenz había hecho la reforma agraria beneficiando a muchos campesinos, se estaba mejorando mucho la situación y lo que vino después fue la gran matanza de gente. Fue muy triste cuando nos enteramos  que a Castillo Armas lo recibieron en la Catedral con un Tedeum. 

Lo recuerdo al Che como un jovencito delgadito, alto, con una camiseta hasta el cuello bajo la camisa, porque padecía de asma; para los asmáticos los cambios de temperatura afectan y Guatemala es frío. Me tocó a veces hacerle la comida; había que prepararle algo especial, no comía nada condimentado, sólo su carne a la parrilla sin sal con un poquito de arroz, una fruta  y cosas así. Siempre andaba con su yerba mate. A mí me llamaba la atención eso, le pregunté y me enteré que era una hierba que tomaban los argentinos con un pitillo, ¿verdad? Él se relacionaba mucho con todos los refugiados, era muy solidario, repartía lo que mandaba la familia de la Argentina: ropa, dinero, todo.  Una persona muy sociable ¿verdad?, nos resultaba extraño que un argentino fuera tan amistoso, cordial, porque teníamos otra idea y él simpatizaba con toda la gente.

La imagen que retengo suya es la de una persona muy agradable. Era muy atractivo, sí, cómo no, un jovencito, yo lo miraba tan diferente. Cuatro años después, cuando oí el desenlace en Cuba me di cuenta por las fotos de que era el mismo que yo había conocido. La revolución cubana  fue muy importante para nosotros, aunque los primeros tiempos llegaba poca información a El Salvador. Cuando leía algo sobre él me causaba una gran impresión. Me decía: ¿quién iba a decir que ese jovencito llegara a ser el gran hombre que fue?. Lo admiraba muchísimo, y para Carpio lo mismo, él leía mucho las obras del Che. Es un ejemplo. 

Un centenar de asilados vuelan hacia Argentina por una gestión del peronismo, aunque Tulita y el Che toman otros caminos: Ella prefiere ir a México a reunirse con su compañero Carpio, con quien años después participará en la lucha del Farabundo Martí encargada primer del trabajo de masas, y luego en la ilegalidad. Guevara que le había escrito a su madre: “América será el teatro de mis aventuras”, también se decide por México, luego de rechazar un salvoconducto y salir de la embajada a fines de agosto. Dos semanas después sube aborda un tren hacia México; Hilda lo acompaña hasta la frontera. Se van a casar un año después en el pueblo de Tepozotlán. En México, rememorando Guatemala, repetirá a quien quiera escucharlo que Arbenz no estuvo a la altura de las circunstancias. Él reverso de esa medalla será su propio proceder y algo que lo caracterizará siempre: su coherencia.

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