Tres escenarios para reconstruir una masacre: La Joya


Estefanía Flores| Lunes, 29 de Octubre del 2018

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Foto: Museo de la Palabra y la ImagenHoras antes de cometer una de las mayores masacres en la historia de El Salvador y América Latina en El Mozote, el Batallón Atlacatl llevó acabo el asesinato de 25 personas en el cantón La Joya en Morazán

Escenario 1: una masacre anunciada

Como a las 10 de la mañana, María escuchó una “disparazón” por la escuela del cantón La Joya, caserío El Potrero, ubicada en Meanguera, Morazán. Aquel 11 de diciembre de 1981 su madre, sus hermanos, primos y vecinos fueron asesinados frente a sus ojos.

María del Rosario López Sánchez, ahora de 71 años, fue testigo de la masacre de 25 personas en aquel lugar. Ella tenía 35 años entonces; estaba casada y tenía tres hijos, hubiera tenido cuatro si no se le hubiera muerto uno por causas naturales. Vivía de hilar y hacer hamacas y de una pequeña tienda que había puesto en su casa junto a su esposo.

Su aspecto no es el mismo luego de tres décadas del hecho que cambió su vida. Ahora su cabello es gris y sus ojos se esconden detrás de un par de lentes para lograr ver bien. Sin embargo, su tez morena tiene unas pocas arrugas a pesar de su edad y sigue siendo una mujer enérgica.

Sin importar los años, su memoria está intacta y no olvida. Sus lágrimas todavía corren por sus mejillas cuando recuerda ese trágico día, pero fuerza y valentía es lo que menos le falta. Podría contar lo que le pasó a sus familiares todas las veces que sean necesarias para tratar de hacerles justicia.

“Mi familia fue asesinada el 11 de diciembre del ‘81 por elementos de la Fuerza Armada, del Batallón Atlacatl y otros, porque no andaban solos. Era demasiado ejército para que hubiera sido un solo batallón el que andaba”, explicó.

“Operación Rescate” es como se denominó la acción militar con la cual masacraron cerca de mil lugareños de la zona montañosa de Morazán, de acuerdo con el Informe de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas (ONU). Mandos militares del Atlacatl (que era un Batallón de Infantería de Reacción Inmediata, denominado comúnmente como BIRI) fueron quienes efectuaron las ejecuciones masivas realizadas del 11 al 13 de diciembre de 1981 en el caserío El Mozote, cantón La Joya, caserío La Ranchería, caserío Los Toriles, caserío Jocote Amarillo y el cantón Cerro Pando.

María detalla que escuchó por radio que se acercaba un operativo de exterminio al que le decían “tierra arrasada”, pero nunca pensó que su lugar de residencia fuera un objetivo militar. Ella vivía en la parte alta de este cantón al que se accede al atravesar el Río La Joya. Un lugar en el que predominan árboles, no casas, por lo que escuchar una serie de disparos alerta a cualquiera, a pesar de que recién había dado inicio la guerra civil en 1980.

“Yo escuché la disparazón que traían, como allá por la escuela del cantón La Joya, y fue cuando dije ‘voy para donde mi mamá’ y cuando bajé me he encontrado con lo que estaba pasando”, precisó.

El juez Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, Jorge Guzmán Urquilla, fue quién ordenó en 2016 la reapertura del caso de El Mozote y de las masacres ocurridas en 1981. María del Rosario es una de las sobrevivientes que, 37 años después, ofrece su testimonio para reconstruir los hechos.

Escenario 2: el testimonio, el recuerdo y la huida

Alrededor de las 10 y media de la mañana, mientras corría hasta la casa de su mamá para corroborar que estuviera bien, María se detuvo a punto de bajar la colina que la separaba de su destino. Lo único que estaba entre ella y sus familiares eran un poco más de 20 metros en línea recta.

Al haz de una planta de maguey se escondió al ver que unos “matones” apuntaban con sus fusiles a toda su familia. Todos eran civiles, campesinos que vivían de la agricultura y del maguey.

En aquel momento era normal pensar que los soldados agarraban saña contra los hombres y adolescentes, pero no contra las mujeres, los ancianos y niños. Estos grupos más indefensos eran los que estaban decididos a esperar en las casas a que la bulla de los soldados se terminara, mientras los hombres del lugar se iban a esconder a los matorrales por miedo a que los tacharan de guerrilleros.

Allí se encontraba María, frente a aquella casa de techo de teja, paredes de adobe y piso de tierra. De ese hogar, al que regresaría siete días después, solo quedaron cenizas, restos de aquella matanza indiscriminada realizada por el Batallón Atlacatl y el olor de los cadáveres quemados y en proceso de descomposición.

“No hay pruebas de que las personas participaran en un combate. Fueron víctimas intencionales extrajudiciales de una masacre”, afirmaron las antropólogas forenses Mercedes Dorette, Patricia Bernardi y Silvana Turner. Las científicas del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) detallaron en agosto de este año la forma en que ocurrieron los hechos y cómo el exterminio en el El Mozote, así como los que ocurrieron en los lugares aledaños como La Joya, fue una violación seria del Derecho Internacional Humanitario y del Derecho Internacional de Derechos Humanos.

En la casa de Carlos Sánchez, como ahora se conoce al lugar donde ocurrió la masacre en La Joya, el ejército salvadoreño reunió a todas las personas que pudieron encontrar en el cantón. Entre estos estaban niños, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos y una bebé que tenía un día de haber nacido. Ninguno de ellos era un guerrillero o un combatiente en potencia.

“Toda fue gente civil. ¡Qué guerrilleros iban a ser esos niños si no conocían las armas, ni yo las conocía pues!”, reclamó María entre sollozos. Mencionó que cuando ella escuchaba sobre la guerrilla, no entendía qué era.

A sus 35 años de edad “imaginaba que eran como guerreadoras”. Hasta después se dio cuenta de que eran personas campesinas las que andaban armadas, pero ninguno habitaba en esa zona.

María vio que “por la calle los traían” a todos en fila india, como si fueran directo al matadero. Notó que había más soldados y para que no la vieran tuvo que cubrirse con una mata de mezcal.

Cuando miró que comenzaron a matarlos, corrió de regreso a su casa con los disparos de fondo. Lo único que no recuerda de ese día es el tiempo que hizo del lugar de la masacre hasta su casa. “En esos momentos uno como que se corta. A veces se paraliza y luego vuelve a agarrar ánimo”, indicó.

Conmocionada por presenciar el asesinato de toda su familia, pero con paso ligero y con temor de que los soldados se percataran de su presencia, logró llegar a su vivienda para advertir a su esposo de lo que estaba sucediendo a, aproximadamente, un kilómetro de donde estaban ellos. La serie de balazos que escuchó ya habían prevenido a José de los Ángeles Mejía unos minutos antes de la llegada de su esposa.

Eugenio, Mélida y Rosalina huyeron junto con sus padres de la casa en la que habían nacido. Dejaron atrás 60 gallinas, cuatro cerdos gordos, dos vacas, cuatro docenas de hamacas de hilo de mezcal que había tejido María en los últimos días y todos los productos que tenían en la pequeña tienda que había puesto la familia con tanto esfuerzo.

Aquella familia de cinco se fue con las provisiones que sus manos les permitieron agarrar y con los perros que tenían como mascotas. Mientras huían hacia los montes aledaños, María se encontró con su hermano Santos López y dos de sus sobrinos. “Ya le habían asesinado a la esposa con tres niños, él se unió conmigo”, comentó la sobreviviente. Los ocho se dirigían rumbo al cerro El Perico.

Escenario 3: “un niño muerto, un guerrillero menos”

Eran cerca de las 3 de la tarde cuando llegaron a la montaña. Estaban lo suficientemente lejos como para que no los atraparan los soldados. Con unos árboles menos de los que hay en la actualidad, lograban ver lo que sucedía en la planicie donde estaban las casas del cantón.

María observó desde el cerro El Perico cómo el personal militar ingresaba a su vivienda haciendo una gran disparazón, sin escatimar si había o no personas adentro. Escuchaba cómo mataban a balazos a los animales que quedaron en su casa.

“Solo me dejaron un gallo y cinco gallinas baleadas de una ala. Destazaron cuatro cerdos, porque solo las patas hayamos adentro de la pila”, detalló.

Tres días estuvieron los militares en esa vivienda. Saquearon todo lo que la familia tenía, descansaron lo que pudieron, comieron los animales que encontraron y cuando se acabaron las provisiones incendiaron la casa.

A los siete días de haber huido, María regresó junto con su hermano Santos y su esposo José a La Joya. El primer lugar al que llegaron fue a su casa, de la cual “una esquinita fue lo único que quedó, que no era ni la mitad del corredor”.

El esposo de María recuerda que andaba sin camisa y sin sombrero aquel día que volvieron. Lo único que le acompañaba era el corbo, similar a uno que tiene en la mano cuando evoca 37 años después los horrores de la matanza del ’81.

Contiguo a la calle principal del cantón estaba la casa de Carlos Sánchez, en la que fueron asesinadas las 25 personas. Este fue el último lugar que visitaron ese día. Solo quedaban escombros de lo que siete días antes había sido un hogar.

La violencia se mezclaba con los juguetes de los niños. Había pañoletas tiradas en lo que quedaba del corredor y los cuerpos quemados ya estaban en proceso de descomposición.

Lo primero que notaron al llegar al lugar de la masacre fue un mensaje que habían dejado los militares a un costado de la puerta de una pared que se resistía a caerse: “un niño muerto, un guerrillero menos”. Parecía que alguien lo escribió con la mano y tenía un color entre rojo y negro, como si hubieran tomado la sangre de las víctimas esparcida sobre la tierra.

Gregoria Maradiaga, prima de María, y su hija que recién nació el día anterior a la masacre se encontraban juntas sobre una cama de madera y cordel de mezcal: muertas. Priscila Sánchez, tía de María, tenía el vestido levantado y su blúmer estaba sobre una piedra al lado del cuerpo. Carlos Sánchez y los niños se encontraron por el río.

José dice que se desconcertó al ver la “tandalada” de muertos y la “manada de cipotes tendidos”. “Zacate les tiraron para quemar a las personas”, indicó. La mayoría de los cuerpos “al pie del carao quedaron, fueron asesinadas entre este árbol y el palo de mango”, dijo María entre sollozos. El dolor de sus pérdidas no evitó que tomaran los restos de sus familiares en sus manos y les dieran “cristiana sepultura”.

Cinco años sobrevivieron aquellas ocho personas en una cueva del cerro El Perico, por miedo a que otro operativo los alcanzara si se regresaban al cantón en el que habían pasado toda su vida. Subsistieron de guineos tiernos que sancochaban y algunos animales que lograban agarrar.

“Uno aprende maneras para sobrevivir. Uno por tal de sobrevivir se las ingenia”, mencionó María mientras se encontraba sentada sobre una silla en la nueva casa que se construyó sobre los restos del hogar que le destruyeron hace tres décadas.

Firulai, Charlie y Pelusa permanecen junto a ella, como los perros que la acompañaron aquel 11 de diciembre de 1981. Las secuelas de ese día perduran en la actualidad, por esto, María todavía asiste a talleres psicológicos impartidos por el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU).

El testimonio de María y de otros sobrevivientes de la masacre de La Joya no cesa y han sido clave para que la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenara al Estado por la violación de los derechos humanos en las masacres ocurridas en la zona montañosa de Morazán. Ellos se empeñan en contar una y otra vez todo lo que vieron, con el afán de seguir exigiendo justicia.

Comisionados de la Corte Interamericana verificaron en agosto de este año el cumplimiento de las medidas de reparación a favor de las víctimas de la masacre de El Mozote y lugares aledaños durante el conflicto armado en El Salvador.

La CIDH, entre otras instituciones y organizaciones a favor de los derechos humanos, supervisan de cerca el cumplimiento del Registro Único de Víctimas; la implementación de programas habitacionales y de desarrollo en las zonas afectadas; y la atención física, psíquica y psicosocial de los sobrevivientes de las masacres.

La fortaleza que ha tenido María durante estos 37 años posteriores a la masacre de 25 de sus familiares, le ayudó a revivir los hechos sucedidos el 11 de diciembre de 1981 en La Joya. Su testimonio fue reconstruido en un recorrido con el juez de Paz de Meanguera y policías de Inspecciones Oculares.

Por el momento, 43 son los testigos que han declarado ante el juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera y se contabilizan 24 inspecciones realizadas a los lugares donde sucedieron las matanzas. Mientras se recaban más pruebas que serán remitidas al tribunal, se está a la espera de que el juez valore hasta cuándo finalizará el plazo de instrucción.

Si bien los casos emblemáticos de El Mozote y de los lugares aledaños están construyendo un precedente de garantía de no repetición de masacres como las ocurridas en esos lugares de Morazán, los sobrevivientes todavía cargan con el peso del recuerdo del asesinado indiscriminado de las personas que más amaron en este mundo: sus familiares.

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