Nayib Bukele también pactó con pandillas

Para conseguir ejecutar sus proyectos en la capital, la administración municipal de Nayib Bukele negoció con las pandillas e hizo a lo largo de tres años concesiones, que incluyeron dar al Barrio 18 Revolucionarios poder de decisión en la asignación de algunos puestos del mercado Cuscatlán. Fuentes de su equipo y de las pandillas aseguran también que en febrero de 2015, siendo candidato a la Alcaldía, su campaña entregó dinero a las tres principales pandillas para evitar que lo boicotearan, tal y como en las elecciones presidenciales de 2014 lo habían hecho el FMLN y ARENA.

El sábado 19 de diciembre de 2015 dos líderes pandilleros de la Mara Salvatrucha-13 se enlazaron en una llamada telefónica que estaba siendo escuchada y grabada por la Fiscalía General de la República. Según el registro, eran las 11 de la mañana con 12 minutos y 21 segundos:

—¿Qué ondas, culero? Mirá ve: la onda es que ahorita a traer unos juguetes voy para una fiesta navideña. Voy a ver si le aparto a tus cachorros. Para los dos. ¿O los tres?

—¡Tres son, culero! Tres son, hijueputa, ¿cómo vas a creer que dos?

—Es que el cachorrito vos… Una su pacha le voy a regalar… Y a vos un tu pepe.

(Ríen a carcajadas)

—Perate que te vea, bicho culero, te voy a zampar unas tus tres pechadas.

—Para la alcaldía voy ahorita, culero.

—Va, está bueno. Puta, deciles que queremos la navidad, ¡que queremos la navidad!

—Pues sí, ya te dije: lunes a las 10 en Multiplaza nos vamos a ver todos. Ya sabe el alcalde, culero, ya dijo que simón. ¿No sabés quién soy yo pues, culero?

(Ríen)

—Ve, pues, hijueputa, a pegarte una gran nalgada quiero ir yo.

—Tu madre, culero. Órale, maje.

—Órale.

Y colgaron.

Las autoridades tomaron nota de que el lunes siguiente la Mara Salvatrucha tendría una reunión y siguieron escuchando en secreto los teléfonos de los pandilleros.

* * *

Dos días después, el lunes 21 de diciembre, la Policía destinó a dos equipos de agentes encubiertos para espiar la reunión. Sabían que en ella participarían representantes de la Alcaldía de San Salvador y líderes de la Mara Salvatrucha. Mientras tanto, el centro de escuchas telefónicas seguía infiltrado en las comunicaciones de la pandilla.

Por eso sabemos que, aunque el encuentro estaba pactado para las 10 de la mañana, a las 10:19 uno de los pandilleros llamó a otros dos: todos estaban atascados en el tráfico, y el pandillero de mayor rango tenía esperanza de que sus compañeros hubieran llegado ya al restaurante para asegurar el terreno:

—Yo quería que ya estuvieras vos ahí. No vaya a ser que nos metan a algún juraahí o gente que no conozcás vos.

—Nombre, si solo va el otro vatoy mi contacto. Ahí no hay pedo. Esa gente no juega sucio— le tranquilizó el pandillero que había arreglado la cita.

La reunión, tal y como había revelado la escucha del sábado, tendría lugar en la Pizza Hut del centro comercial Multiplaza, en el municipio de Antiguo Cuscatlán. Para disimular, los equipos de seguimiento policial estaban compuestos por dos parejas mixtas —hombre y mujer— vestidas de civil. Cuando los agentes entraron al sitio, la reunión ya había comenzado. Una pareja hizo contacto visual con la mesa en que dos hombres, a los que luego describiría en el acta de la operación como “con aspecto de mareros”, charlaban con otros dos. De estos últimos, uno llevaba en su camisa el logo de la alcaldía capitalina.

Unos minutos más tarde, se sumó al grupo un quinto hombre al que de inmediato los agentes reconocieron como Edwin Ernesto Cedillos Rodríguez, conocido en su pandilla como Renuente, de la clicaAbriles Danger Locos Salvatrucha. Es a él a quien la Fiscalía había intervenido el teléfono y a quien tenían perfilado como uno de los más poderosos líderes de la pandilla; integrante de la ranflaen libertad. La Policía le seguía los pasos en el marco de la “Operación Jaque”, con la que pretendían dar un golpe a las finanzas de la MS-13. A día de hoy, ese caso está siendo visto por el Juzgado Especializado de Sentencia C de San Salvador. Hay 87 acusados por 200 delitos, como extorsión, homicidio, lavado de dinero, tráfico de armas y organizaciones terroristas. Ninguno de los acusados es o fue empleado de la Alcaldía.

Los agentes no consiguieron acercarse lo suficiente sin levantar sospechas, y los hombres hablaban en voz baja. Les fue imposible escuchar la conversación. Cuando la charla terminó —duró menos de 40 minutos—, los pandilleros se dirigieron al parqueo del centro comercial y se retiraron en un vehículo negro. Aunque los agentes encubiertos ordenaron a una patrulla cercana que los detuviera para identificarlos, el vehículo negro se perdió en la maraña del tráfico de aquel lunes casi navideño. Entonces, la Policía comenzó a dar persecución a los otros dos.

Uno de ellos abordó una motocicleta pero fue interceptado. Al ser detenido se identificó como Carlos Marroquín, jefe de la Unidad de Reconstrucción del Tejido Social de la Alcaldía de San Salvador. El segundo fue detenido a bordo de un vehículo oficial de la Alcaldía con placas N-2-689, y según consta en el acta policial fue identificado como Mario Edgardo Durán Gavidia, concejal de San Salvador. Durán fue mano derecha del exalcalde Nayib Bukele durante su gestión —de 2015 a 2018—, y era el responsable de asumir como alcalde en funciones cuando el edil tenía que ausentarse del país. Actualmente es parte del movimiento Nuevas Ideas, creado alrededor de la figura de Bukele. La Policía, al igual que a Carlos Marroquín, lo dejó ir sin ninguna acusación en su contra.

Al día siguiente, según revelan las escuchas telefónicas, uno de los pandilleros que asistieron a la reunión notificó a otro que el encuentro fue un fracaso:

—Mirá, con la onda de la Alcaldía, no quisieron aflojar. Ahí te mandé el audio que mandaron.

—¿Qué dijeron?

—Que no, que nos esperemos hasta el otro año dijo el viejo hijueputaese.

—Va.

—De ahí no quisieron. Ahí tenés el audio que mandaron.

En aquella reunión, la Mara Salvatrucha quiso probar suerte y, de paso, probar al nuevo alcalde, electo diez meses atrás, en marzo de 2015. Habían solicitado diez mil dólares a los representantes de la Alcaldía. A cambio, ofrecían la anuencia a los futuros proyectos de la municipalidad. Los funcionarios les explicaron que eso no era posible. En lugar de dinero, ofrecieron llevar unos materiales de construcción —láminas en su mayoría— para algunas de las precarias comunidades controladas por la Mara.

Pero la MS-13 y la Alcaldía de San Salvador no estaban abriendo un diálogo, sino continuando uno que había iniciado más de un año atrás. Y que continuó durante toda la administración de Nayib Bukele.

Nayib Bukele durante su llegada a una actividad política en la Universidad de El Salvador, el 23 de noviembre de 2017, menos de dos meses después de haber sido expulsado del FMLN. Foto de El Faro, por Víctor Peña.
 

Nayib Bukele durante su llegada a una actividad política en la Universidad de El Salvador, el 23 de noviembre de 2017, menos de dos meses después de haber sido expulsado del FMLN. Foto de El Faro, por Víctor Peña.

El Faro tuvo acceso a expedientes judiciales, a bitácoras de seguimiento policial y a audios de escuchas telefónicas, que perfilan la relación entre la anterior gestión de la Alcaldía capitalina y las principales pandillas del país.

Este periódico también entrevistó a varias personas que trabajaron en los equipos de la municipalidad y que participaron directamente en los contactos con la Mara Salvatrucha y las dos facciones del Barrio 18, o que conocieron de los distintos mecanismos a través de los cuales la Alcaldía de Bukele administraba su cotidiano y complejo diálogo con las pandillas. Todas estas fuentes hablaron con El Faro con la condición de que sus nombres y sus cargos se mantuvieran en reserva.

También miembros de pandillas que participaron directamente en los acuerdos con la municipalidad relataron con detalle a El Faro el proceso de elaboración de algunos pactos, bajo el mismo acuerdo: sus nombres y apodos pandilleros deben ser mantenidos en secreto.

De la información de todas estas fuentes y de los documentos oficiales se desprende que la relación del gobierno municipal de Nayib Bukele con las pandillas no se definió por un solo acuerdo que estableciera un marco permanente de entendimiento. Más bien se trató de una suma de tratos cotidianos que posibilitaron a la Alcaldía intervenir las principales plazas y cuadras del Centro Histórico —proyecto insignia de Bukele—, así como tener acceso a algunas de las comunidades donde el control de las pandillas es muy fuerte.

El Faro consiguió establecer que, a cambio, la Alcaldía hizo concesiones que fueron desde asignar espacios para la venta callejera en eventos públicos o contratar a pandilleros como vigilantes de las ferias de agosto, hasta permitir que una pandilla elaborara una lista de personas a las que se terminó asignando puestos en el mercado Cuscatlán y, posteriormente, seleccionara directamente para personas sus afines los mejores espacios.

Además varias fuentes —tanto pandilleros como miembros del equipo de campaña del alcalde— aseguran que en vísperas de la elección municipal de 2015 Bukele entregó a las pandillas dinero en efectivo para evitar que estas boicotearan sus posibilidades de ganar.

El diez de junio pasado, El Faro se reunió con Mario Durán para cuestionarlo sobre la intención de la reunión que sostuvo con la MS-13 en diciembre de 2015. Durán afirma que nunca se enteró de que las contrapartes de aquel encuentro eran miembros de la pandilla. “Sostuve una gran cantidad de reuniones como parte de mi trabajo, me reuní con distintas personas todo el tiempo”, dijo. En aquel encuentro, se le pidió que hiciera saber al exalcalde Bukele de la investigación que seguía El Faro al respecto y del interés por entrevistarle.

Ocho días después, el 18 de junio, Bukele envió un mensaje telefónico diciendo que prefería no hacer ningún comentario sobre el tema. En las semanas siguientes El Faro siguió insistiendo al alcalde sobre la importancia de contar con su versión de los encuentros y gestiones hechas por sus funcionarios con las pandillas y sobre las decisiones que tomó al respecto durante su administración. En repetidas ocasiones él declinó concecer la entrevista. El viernes 29 de junio por la mañana, alertado de la inminente publicación de este reportaje, el exalcalde y precandidato presidencial pidió más tiempo y propuso sostener una entrevista el lunes 2 de julio. Este periódico consideró sin embargo que el exfuncionario, plenamente informado durante las tres semanas anteriores del contenido de la investigación, había dispuesto de tiempo suficiente para ello, por lo que decidió publicar, sin detrimento de seguir buscando la versión de Bukele y de sostener una entrevista con él en el momento en que lo considere.

Necesidades de campaña

Los contactos entre la anterior administración capitalina y las pandillas comenzaron en noviembre de 2014, en medio del fragor de la competición por la Alcaldía, y motivados por un candidato que no era Nayib Bukele.

El domingo 9 de noviembre de ese año el candidato de ARENA, Edwin Zamora, tenía programada una actividad proselitista en la colonia IVU, uno de los barrios bravos de la capital, gobernado por la facción Revolucionarios del Barrio 18. Pero horas antes de iniciar el evento se vio obligado a suspender la actividad alegando “razones de seguridad” .

El equipo de campaña de Bukele vio en aquel episodio una derrota de su adversario, que pretendía gobernar una ciudad a cuyas colonias ni siquiera podía entrar a pedir el voto, y convirtió la entrada a la IVU en un objetivo prioritario con el que mostrar que su candidato sí podía pasearse con confianza a lo largo y ancho de la capital.

Pero entrar a la IVU como Juan por su casa es un acto temerario, y hacerse acompañar por un escuadrón de escoltas privados y policías lo haría lucir, en plena campaña, poco popular. Se necesitaba a alguien con las conexiones necesarias para preparar el terreno y garantizar que una exhibición de confianza no se convirtiera en un ridículo. Desde luego, ninguno de los capitanes de comunicación, marketing o estrategia de Bukele sabía un nombre o un teléfono de alguno de los bichosinfluyentes de la colonia. Hasta que se ofreció a sí mismo un muchacho de pelo largo, líder de la Barra Brava del Alianza y cantante de hip hop, que aseguró que, producto de sus conexiones en la hinchada alba y de sus actividades como organizador de artistas urbanos, tenía algunos teléfonos que marcar.

Funcionó. Al cabo de algunos intentos, Carlos Marroquín —conocido en los ambientes raperos como Slipt— consiguió que los pandilleros de la IVU autorizaran la presencia de Bukele. Cinco días después, el entonces candidato recorrió orondo y triunfal los pasajes de la IVU con apenas un equipo mínimo de seguridad personal y con su esposa de la mano, prodigando sonrisas y seguro de haber ganado la partida a su contendiente.

A cambio de la bienvenida, la pandilla pidió un mínimo: una fiesta infantil para los chiquillos de la colonia, con piñatas y juegos. El candidato accedió. Valía la pena. También recibieron un listado, elaborado por la pandilla misma, con una serie de solicitudes encaminadas a ofrecer trabajo, formación y entretenimiento para los jóvenes de la colonia. El Barrio 18 Revolucionarios estaba probando el terreno.

No solo Bukele ganó con aquella entrada simbólica, sino también Slipt: su arrojo y su eficiencia para abrir puertas difíciles no pasaron desapercibidos para el candidato y, a partir de ese momento, se coló en su círculo de confianza y se perfiló como un gran solucionador de problemas. De problemas con las pandillas.

“Ahí fue cuando el Slipt subió de nivel. Cuando pasó lo de la IVU, Slipt sacó la cabeza”, recuerda uno de los miembros del equipo de campaña de Bukele.

Así que cuando hubo que preparar el terreno para entrar a comunidades como la Quiñónez, Fenadesal y El Coro —que forman parte de ese enorme entramado urbano conocido como La Chacra—, tuvo que entrar en acción Slipt: normalmente tenía algún contacto que desembocaba en otro contacto y así, hasta dar con alguien —preso o libre— con la autoridad suficiente para garantizar ingresos seguros.

El método implicaba una enorme dispersión de esfuerzos, sin mencionar que el éxito de cada gestión dependía del carácter o de los intereses de cada líder de clicao de programa. Por eso escucharon a Raúl Mijango, mediador de la Tregua de 2012, cuando les dio un consejo. Según personas que participaron en algunas reuniones entre el mediador y miembros del equipo de campaña de Bukele, Mijango les dijo que en lugar de perder el tiempo intentando localizar al pandillero que manda en cada cuadra, lo ideal era entrar en diálogo directo con los voceros nacionales designados por cada pandilla. Esa nueva estrategia permitiría focalizar las gestiones y darles continuidad. Ofrecía además una enorme economía de esfuerzos.

Algunos miembros de la campaña de Bukele, como Celina Guerra —proveniente de la esfera del FMLN—, Mario Durán y el propio Slipt, habían tenido algunos acercamientos, a través de la oenegé Interpeace, con Mijango y lo que quedó del equipo gestor de la Tregua con pandillas, que a finales de 2014 estaba ya desmontada y vilipendiada. Interpeace había sido de las principales fuentes de recursos para la Tregua: pagó el salario del principal mediador, Mijango, el de algunos de sus asistentes, y un local en la Zona Rosa donde operaba la “Fundación Humanitaria”, la figura institucional que dio cobijo a las actividades de Mijango como mediador entre las pandillas y el Gobierno del entonces presidente Mauricio Funes. Según fuentes de la alcaldía, el equipo de Bukele había sostenido algunas reuniones en la Fundación Humanitaria con la idea de explorar la implementación en San Salvador de un proyecto de interruptores de violencia, siguiendo el modelo de la Alcaldía de Los Ángeles en Estados Unidos.

Slipt tomó el consejo de Mijango y lo puso en práctica: en lugar de picotear contactos dispersos se abocó a la fuente de poder. En aquel momento, lasranflasen libertad de las tres grandes pandillas salvadoreñas todavía conservaban espacios de encuentro y, pese a su histórica enemistad, solían reunirse con frecuencia y tomar decisiones en conjunto. Por ejemplo: habían negociado juntos hacía un año con Arena y con el FMLN , cuando ambos partidos se acercaron a pedir respaldo electoral de estas estructuras criminales durante la campaña presidencial que llevó a la presidencia a Salvador Sánchez Cerén.

Reunión del Concejo Municipal de San Salvador, presidida por Nayib Bukele, alcalde capitalino, el 16 de noviembre de 2016. Foto de El Faro, por Fred Ramos.
 

Reunión del Concejo Municipal de San Salvador, presidida por Nayib Bukele, alcalde capitalino, el 16 de noviembre de 2016. Foto de El Faro, por Fred Ramos.

Cuando el equipo de Bukele se acercó a ellos, los representantes de cada pandilla eran básicamente los mismos que habían negociado con Arena y el Frente hacía un año: el Barrio 18 Revolucionarios estaba representada por el Zer y Chino Alfa; por el Barrio 18 Sureños hablaban Chafa y Chamba; y por la Mara Salvatrucha Piwa y Sniper. Aunque ese era el núcleo duro, algunos pandilleros de menor rango tenían acceso eventual a algunas reuniones con los políticos o encuentros con la prensa internacional. Casi todos los que participaron en estas negociaciones se encuentran actualmente en prisión de máxima seguridad, prófugos o son colaboradores de la Fiscalía. Otros fueron asesinados.

Luego de algunas reuniones para abordar temas puntuales, Slipt tuvo una reunión con todos los representantes pandilleros, a escasos días de la elección por la Alcaldía, que se celebraría el 1 de marzo de 2015.

Aquellos pandilleros se sentían traicionados por el partido de Bukele, el FMLN: habían negociado su respaldo electoral, habían invertido horas y horas diseñando planes de diálogo y alternativas laborales con supuestas inversiones millonarias . Sin embargo, una vez que el FMLN estuvo instalado en el Ejecutivo por segunda vez, desconocieron todos los acuerdos y convirtieron todos los planes en papel mojado. Para el candidato Bukele, era imprescindible desmarcarse de su partido ante las pandillas, distanciarse de todos los compromisos rotos. Pero los pandilleros —según fuentes de las pandillas—habían probado más que una dosis de realpolitik: en sus intercambios con líderes de izquierda y derecha habían probado dinero. Habían descubierto que su respaldo, o al menos su garantía de no boicotear, tenía precio.

Dinero para las pandillas

“El contacto lo hizo el chamaco que vos mencionaste y fue a través de la 18R que contactaron al Sur y a las letras. Eso fue el día del cierre de campaña de Bukele. De emergencia nos reunimos con el chamaco.Las letrasno pudieron llegar pero delegaron en los númerosla negociación. Se les informaba lo que se estaba hablando a las letras”, dice uno de los pandilleros que estuvo en aquella primera reunión entre voceros nacionales de las pandillas y representantes del equipo de Bukele.

“Nos explicó cosas que ya sabíamos: que el Frente estaba truncando a Bukele para que no ganara y que estaban moviendo gente ellos para otros municipios para que no votaran en San Salvador”, recuerda. Cuando habla del “chamaco” se refiere al Slipt. “Las letras” son la Mara Salvatrucha-13, y el “Sur” y la “18R” son las distintas facciones del Barrio 18 en El Salvador.

El pandillero, que también estuvo presente en gran parte de las negociaciones con el FMLN y ARENA, explica el razonamiento que llevó a las pandillas a respaldar aquella candidatura poco convencional del FMLN para la capital:

“El Frente en ese momento no había coordinado votos con nosotros (para la elección municipal). Según que le daríamos a Edwin (Zamora) nuestros votos. Pero cuando se nos dio la oportunidad de joder al Frente con un caballo de Troya nos llamó más la atención, y así lo pactamos. El Frente ya estaba dando las muestras de lo que venía, o sea que no cumplirían. Esta negociación nos servía para hacerle la vida imposible al Frente. Ellos le apostaban a que perdiera Bukele, nosotros le apostamos a hacerlo ganar”, escribió a El Faro el líder pandillero, por un sistema de mensajería instantánea. Para facilitar la comprensión de los mensajes se han retocado detalles de puntuación y ortografía.

Este pandillero aseguró que, aunque en un principio se pensó en pedir 35 mil dólares a Bukele, finalmente acordaron dejarlo en 20 mil: “Se acordó que solo nos dieran para los gastos de movilización que fueron 20 mil dólares, nada más diez mil para las letras y cinco mil para la R y cinco mil al Sur… No era negocio, era desquite”, explicó.

Todavía está sorprendido, dice, por la celeridad con la que ocurrieron las cosas tras la primera reunión con el Slipt: “No se pensó que la feria(el dinero) se entregaría el mismo día de la plática. Fue de emergencia que la R confirmó que ese mismo día la entregarían. Avisaron a las letras y al Sur que se movieran para la Zona Rosa. La negociación se dio al cierre de campaña, como a las 12 M y la entrega del dinero como a las 7 PM”, relata.

En esta versión, el dinero se entregó en un restaurante de la Zona Rosa, territorio controlado por el Barrio 18 Revolucionarios. Esa pandilla fue la responsable de montar un dispositivo de seguridad.

“Nuestros términos eran que él invertiría en las comunidades de nosotros, todo coordinado, y que la comunicación fuera siempre con esa persona (Slipt), y que él se convirtiera en el enlace. Nosotros le daríamos los contactos de las claves en las comunidades, y se coordinaría todo”, dice este pandillero.

Una de las personas que tuvo acceso al círculo íntimo de la campaña confirma que se hizo un pago a las pandillas y recuerda los hechos de forma muy similar: las fechas de la negociación, el mensaje de distanciamiento del FMLN que se les trasmitió a las pandillas, el nombre de quien llevó a cabo esa negociación. Sin embargo, esta persona asegura que fueron 30 mil dólares los entregados, y no consigue señalar con precisión a la persona responsable de entregar el dinero ni de dónde provenía el capital.

Según las dos fuentes consultadas, este episodio marcó el inicio de una relación relativamente armónica con la Alcaldía de la capital, y abrió canales de diálogo estables que permitirían durante los siguientes tres años al gobierno de Bukele llevar la fiesta en paz.

Pactos cotidianos

Nayib Bukele ganó la elección por un margen de apenas seis mil votos. El alcalde aseguró posteriormente que el FMLN estaba tan seguro del triunfo que movilizó votantes hacia otros municipios más inciertos.

Cuando instaló su gobierno municipal, tenía la certeza de que para gobernar la capital era necesario contar con mecanismos institucionales de diálogo con las pandillas que permitieran desbloquear los obstáculos. Parte de esa responsabilidad la asumió la Sugerencia de Participación Ciudadana, a cargo de Edwin Ramírez, uno de los más activos operadores del gobierno municipal en el terreno, y miembro del equipo de confianza de Bukele. Ese es uno de los puestos con mayor potencial para consolidar bases electorales. Ramírez estuvo en el cargo hasta que la relación entre el alcalde y su partido comenzó a deteriorarse, y el FMLN presionó para nombrar en su lugar a una militante de confianza.

Pero la plataforma protagónica en la relación con los pandilleros fue la Unidad de Intervención Comunitaria, que poco tiempo después fue rebautizada como Unidad de Reconstrucción del Tejido Social, a cargo de Slipt. Las fuentes consultadas se refirieron a esta unidad como “los bomberos”, a los que se acudía, precisamente, para prevenir que se desataran incendios entre la municipalidad y las pandillas.

Algunas veces no fue necesario invocar los buenos oficios de los bomberos. El 23 de mayo, menos de un mes después de haber asumido la Alcaldía, Bukele tuvo que tomar previsiones para su primer evento masivo en espacios públicos: la beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. La Iglesia Católica y el Gobierno salvadoreño dispusieron un megaevento que tendría lugar en la plaza del Divino Salvador del Mundo, y al que asistirían los jerarcas de ambas instituciones. Se esperaba que acudiera una multitud a celebrar el reconocimiento a Romero.

Pero lejos de las tarimas, de los invitados de honor y de los rituales eclesiásticos, había un asunto que resolver de naturaleza terrenal: la alcaldía tenía que asignar espacios para las ventas callejeras, y para ello tenía que articular un complejo rompecabezas: Los alrededores de esa plaza son controlados por la Mara Salvatrucha-13, que reclamaba su derecho a tener asignado un espacio privilegiado para la instalación de puestos de venta. Pero algunos vendedores del Centro Histórico, particularmente los que circundan la Plaza Libertad también querían participar de la bonanza. Éstos últimos, trabajan bajo el control del Barrio 18 Revolucionarios, representados por su célula o tribuRaza Parque Libertad.

Personas de los equipos territoriales de Bukele relatan que las negociaciones se hicieron directamente con representantes de ambas pandillas, desde la Subgerencia de Participación Ciudadana, y explican que el acuerdo fue simple: la MS-13 reservó para sí dos de las mejores cuadras de venta: las que van desde la 65 avenida norte, hasta la 61 avenida norte. En otras palabras, desde la cuadra de la Pizza Hut, hasta la del Pollo Campero. A cambio, la Mara toleraría la presencia de vendedores designados por sus enemigos, que ocuparon la cuadra enmarcada entre la 65 y la 67 avenida norte, o sea, la cuadra del Scotiabank y la primera cuadra del Paseo General Escalón. Así, con las cosas claras, sin que casi nadie lo notara, ambas pandillas —sus familiares, esposas, amigos— pudieron vender comida, camisetas y recuerdos a la multitud que se congregó aquel día para homenajear al mártir católico.

El Faro buscó al entonces jefe de la Subgerencia de Participación Ciudadana, Edwin Ramírez, que se limitó a decir que la relación con pandillas jamás existió dentro de las responsabilidades formales de su cargo y agregó que su trabajo implicaba sostener una enorme cantidad de interacciones con muchos actores sociales “con un enfoque integrador y de reconstrucción del tejido social”. Advirtió que esa sería su única respuesta a las preguntas de este periódico.

En general, 2015 fue un año aterrador en El Salvador: el presidente Salvador Sánchez Cerén decidió dar por concluido oficialmente el experimento de la tregua puesto en marcha por su predecesor Mauricio Funes, que exploró el diálogo con las pandillas para disminuir los homicidios. El nuevo mandatario pretendió dar un golpe de efecto regresando al penal de máxima seguridad de Zacatecoluca a todos los líderes pandilleros que habían sido trasladados de ese penal a cárceles comunes, como uno de los primeros acuerdos de la tregua. Como respuesta, las pandillas incrementaron su violencia, llevando al país hasta una tasa record de asesinatos: 103 por cada cien mil habitantes. Durante 2015, los salvadoreños se asesinaron como no lo han hecho ningún otro año de este siglo. Bukele asumía el mando de una capital en llamas.

La última semana de julio, las pandillas amenazaron a los empresarios del transporte público con asesinar a sus motoristas si no suspendían los servicios de sus unidades. Durante tres días, el Gran San Salvador se vio prácticamente paralizado. Siete conductores de autobuses fueron asesinados por desoír la amenaza; el Ejército sacó camiones militares a las calles para transportar a los usuarios, además de tanquetas y carros militares con ametralladoras de alto calibre.

El alcalde Bukele se sumó al esfuerzo por paliar la situación y puso a disposición casi una treintena de microbuses que ofrecían transporte “gratuito y seguro”. Los microbuses llevaban distintivos de la Alcaldía capitalina. Como muestra de buena voluntad por su apertura al diálogo, las pandillas se comprometieron a respetar esas unidades. Uno de los empleados municipales de aquel momento lo describió así: “A veces, iban (los pandilleros) en los microbuses o estaban pendientes en las paradas que se habían improvisado, para asegurarse de que no pasara nada”.

También en medio de aquella vorágine de asesinatos y de gestos de poder de parte de las pandillas, al alcalde Bukele le tocó organizar su primera fiesta patronal y su primera feria agostina, para la que había prometido tirar la casa por la ventana: cambió el campo de la feria, desde su ubicación tradicional en el predio Don Rúa, hacia el parqueo del Estadio Cuscatlán, invirtió en llevar un mayor número de atracciones, amplió el horario hasta bien entrada la noche, ordenó metódicamente los puestos de comida, dispuso un enorme parqueo y prometió que sería el festejo más seguro de la historia reciente de la capital. Y lo fue.

Pero junto con la feria se trasladaron también Los Caminantes, una muy particular clica de la Mara Salvatrucha-13, cuya actividad delictiva se despliega particularmente en ferias y eventos lúdicos: controlaban el antiguo campo de la feria, disponían y extorsionaban a los comerciantes, a los dueños de los parques de atracciones, asaltaban e imponían su ley en el campo de Don Rúa, y no estaban dispuestos a renunciar a su esencia por un traslado de local.

El problema es que los nuevos territorios de la feria ya tenían dueño. Cuando la clicade los Monserrat Locos Salvatruchos, que controla los alrededores de la Colonia Luz y extiende su poder hasta el Estadio Cuscatlán, se enteró de que el nuevo campo de la feria estaría ubicado en sus dominios se frotó las manos. Aquello generó una controversia con Los Caminantes, que daban por hecho que feria es feria, independientemente de dónde funcione. La escalada de tonos entre las dos clicasde la MS-13 llegó a tal punto que el comité organizador del evento temía que la luminosa feria prometida se viera incendiada por una guerra interna. Así que llamaron a los bomberos de la Unidad de Reconstrucción del Tejido Social. Es decir, al Slipt.

Luego de dimes y diretes, de invocar a autoridades superiores, el Vampiro, palabrero de la clica Monserrat Locos Salvatruchos, accedió a llegar a un acuerdo que se mantuvo vigente las siguientes dos ediciones de la feria agostina: la organización de la feria contrataría a varios de sus homeboyscomo encargados de seguridad del evento, especialmente del parqueo. Su misión era velar por que nadie se robara nada de los vehículos. A cambio, recibieron de la alcaldía un pequeño salario, un chaleco con cinta reflectante y un silbato para casos de emergencia. Una clicacedió, y el incendio fue apagado.

Un mercado para la Revolución

Los mecanismos de diálogo con pandillas y sus plataformas de ejecución estaban diseñadas para que el alcalde jamás tuviera que participar de manera directa, según se desprende de la suma de los relatos de miembros de su equipo. Distintos operadores tenían diferentes grados de autonomía, y autorización para hablar en nombre del alcalde o de la alcaldía. Por lo general, estos mecanismos se enfrentaron con problemas más o menos domésticos como los relatados: prevenir una trifulca en plena ceremonia de beatificación; cauterizar a tiempo una guerra en plena feria de agosto; asegurarse de que los microbuses auxiliares no terminaran ametrallados. Pero otras veces no fue tan fácil apaciguar el afán lucrativo y criminal de las pandillas.

El 16 de diciembre de 2016, Bukele inauguró un nuevo mercado revestido de simbolismo: no era un edificio lúgubre y maloliente, peligroso y sucio como se suele imaginar un mercado salvadoreño. Este era moderno, brillante, con escaleras eléctricas y ascensores, y aspiraba a hacer convivir a humildes vendedores ambulantes con cadenas internacionales de comida. Sería además un mercado culto: por primera vez, un mercado municipal tendría una biblioteca de diseño, con más de cinco mil títulos, con un ala especializada en comics para atraer a los jóvenes y con acceso gratis a internet. El mercado Cuscatlán tiene también un aire cosmopolita: una última planta adaptada para que haya vista panorámica a la ciudad, con terrazas donde tomar cervezas y comer al aire libre, y telescopios para recorrer la capital de un vistazo. Al menos en el papel, aquel mercado era un enorme monumento de siete millones de dólares a la idea que Bukele quiere transmitir de sí mismo: yo soy distinto.

Pero bajo las aguas mansas hubo —hay— corrientes violentas.

Hay asuntos prácticos que entender sobre las ventas informales del Centro Histórico. Uno muy importante es el hecho de que cada vendedor tiene total claridad sobre la pandilla que controla su territorio de venta y a la que normalmente paga extorsión. Se saben delimitados por las fronteras invisibles que imponen dos pandillas: la Mara Salvatrucha-13 y el Barrio 18 Revolucionarios. Cada cuadra, callejón y plaza está repartido, y nadie iba a moverse de su puesto si la pandilla que los controla no lo autorizaba.

El mercado Cuscatlán tiene una ubicación compleja: no forma parte de las cuadras que se consideran el Centro Histórico de la capital, de manera que los vendedores tendrían que salir de su entorno; pero más grave aún: era un territorio cuya propiedad criminal no estaba del todo clara.

Está construido a pocas cuadras de la calle Rubén Darío, que se interna en el Centro Histórico, hasta pasar por delante de Catedral, bordeando el parque Hula Hula, bastión indiscutible de la Mara Salvatrucha-13. Los vendedores de esa calle se saben bajo el dominio de esta pandilla. Por otro lado, gran parte de los vendedores que debían ser trasladados eran aquellos cuyas ventas estaban en los alrededores del Parque Libertad, donde ejerce su autoridad la célula Raza Parque Libertad, del Barrio 18 Revolucionarios.

Un poco más cerca del mercado se encuentra la comunidad Papini, conocida comúnmente como El Hoyo, acreditado centro de venta de drogas al menudeo que opera bajo el puño de los revolucionarios, y que responde al poder y a la autoridad que se ejerce desde otra comunidad: Las Palmas, bastión de uno de los más influyentes líderes de la pandilla a nivel nacional, El Muerto de Las Palmas, recluido en la cárcel de Máxima Seguridad de Zacatecoluca.

Un pandillero miembro de la Raza Parque Libertad explicó en enero de 2018 a El Faro la tensa medición de fuerzas que estaba de por medio entre células de su pandilla: “Es que no eran ellos solos (los de la comunidad Papini). En la negociación dentro de la pandilla, ellos caminaban con los huevos de Las Palmas. Con Las Palmas no se mete nadie de la pandilla”, dijo.

Pero hasta el mercado Cuscatlán también se extiende el control que irradia la Colonia IVU, otro centro de poder de los revolucionarios, con una administración de recursos independiente de sus compañeros de Las Palmas. De esta comunidad también han surgido líderes nacionales de la pandilla.

La asignación de puestos en el mercado se planteaba como un rompecabezas con un peligroso potencial explosivo.

Desde la Alcaldía, la gestión del mercado se delegó en la Subgerencia de Participación Ciudadana, cuya conducción ya ostentaba Idalia Zepeda, miembro leal del FMLN, que había sustituido a Edwin Ramírez en aquel puesto. Desde la Subgerencia alguna vez se contempló la idea de mezclar en el nuevo edificio a vendedores provenientes de territorios mixtos: o sea, poner juntos a los vendedores de la calle Rubén Darío, con los del Parque Libertad. Una locura que desecharon muy pronto. Pero que muy pronto también llegó a oídos de los revolucionarios del Barrio 18.

Aunque formalmente aquel lío era responsabilidad de Idalia Zepeda, el alcalde había delegado toda la gestión territorial de aquella obra en una persona de su confianza: el antecesor de esta funcionaria, Edwin Ramírez, que operaba desde un cargo creado para él en la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS).

Personas involucradas en ese proceso recuerdan que Ramírez llegó a recibir amenazas de muerte, porque los homeboysde la Revoluciónlo acusaron de haber vendido puestos a la Mara Salvatrucha-13, aunque aquello jamás llegó a ocurrir. Hasta que al cabo de una serie de llamadas agresivas pusieron las cartas sobre la mesa: si la Alcaldía no entregaba 100 mil dólares a la pandilla, esta se entendería en guerra con la municipalidad y contra el mercado. Amenazaron con inaugurar el edificio con un par de cadáveres.

Era un punto muerto: el alcalde Bukele tomó la decisión de no entregar ni un centavo, según personas que tuvieron acceso a esta negociación. Sin embargo, eso hacía que ese proyecto emblemático fuera, por un lado, una irresponsabilidad: si llenaba el mercado de vendedores los estaba condenando a vivir a merced de la venganza pandillera. Por otro lado, era inviable: nadie en su sano juicio se iba a trasladar a un polvorín.  La decisión fue simplemente no inaugurarlo y, si hacía falta, postergar indefinidamente el proyecto con todos los costos políticos que eso implicaba.

Entonces, de nuevo, la alcaldía activó a sus bomberos. La MS-13 en realidad nunca llegó a hacer, por criterio territorial, un reclamo sólido sobre el mercado. El Barrio 18 Revolucionarios, en cambio, tenía una presencia apabullante en los alrededores del edificio. La Unidad de Reconstrucción del Tejido Social  se involucró en el entuerto, intentando aterrizar un acuerdo con las diferentes tribusde la pandilla. Luego de un complejo juego de poderes, consiguieron establecer un arreglo en el que se daría a las tribus del Parque Libertad, la comunidad Papini y la colonia IVU poder para asignar a quien desearan 30 de los 270 puestos del mercado. Varias fuentes aseguran que el acuerdo también incluyó un local en la zona de bares.

El alcalde Bukele aceptó, a condición de que en lo sucesivo no se extorsionara a ninguno de los comercios del mercado. El Barrio 18 Revolucionarios también aceptó el pacto.

La pandilla elaboró listados de las personas que serían los titulares de los puestos. Varias fuentes coinciden en que estos listados fueron entregados al gerente del Mercado Cuscatlán, Andrés Espinoza, pero este lo niega. Según Espinoza, Edwin Ramírez monopolizó el proceso de asignación de puestos y agrega que él recibió una orden –del mismo Ramírez- de sacar sus manos de ese proceso.

“No eran cualquier puesto, (los pandilleros) llegaron a escoger directamente los mejores puestos”, recuerda una persona que estuvo presente en esas gestiones. Esta fuente relata que un líder pandillero, acompañado de otras personas, se paseó por el mercado seleccionando los lugares para su gente antes de inaugurar el mercado.

Normalmente la asignación de puestos se hacía por solicitud del comerciante. La municipalidad recibía las solicitudes y descartaba a todos los que no eran de San Salvador, priorizaba a los que tenían su puesto de venta en el Centro Histórico, los clasificaba según el tipo de producto que ofrecieran y, finalmente, se rifaban los puestos al azar. Las personas designadas por la Revolución no tuvieron que pasar por este proceso. “Hubo veces que se tuvo que reasignar puestos porque a un comerciante le tocaba un puesto que ya habían pedido ellos”, ilustra una persona que lo atestigüó.

Aunque la asignación de puestos a la pandilla se brincó todos los procesos institucionales, las personas beneficiadas de este acuerdo pagan la cuota mensual que corresponde: 0.57 centavos de dólar por metro cuadrado.

A todos los elogios que Bukele prodigó a su nueva obra, durante la inauguración de aquel edificio, incluyó uno más: aquel sería un mercado “seguro”.

Carlos Marroquín -Slipt- decidió no hacer ningún comentario para este reportaje. Otras fuentes del equipo de Bukele alegan que las pandillas con las que el exalcalde tuvo que interactuar eran organizaciones que habían sacado ya varias lecciones del descalabro de la Tregua y de sus negociaciones secretas con ARENA y el FMLN en 2014. Negociaban con las cifras de homicidios, sabían trabajar en conjunto y tenían una naciente conciencia de su peso como actores políticos en el país. Los relatos hechos por los líderes pandilleros que participaron en esos procesos coinciden en que los políticos de los partidos tradicionales les entregaron cerca de 350 mil dólares en conjunto. En definitiva, cuando Bukele asumió la alcaldía, las “maras” ya habían aprendido a negociar con políticos.

Fuentes de su propio equipo aseguran que el exalcalde supo muy pronto que era imposible gobernar una capital que ya estaba gobernada, sin tener tratos con los poderes fácticos. Cuando ganó las elecciones de 2015 San Salvador era una ciudad en la que cada colonia y cada plaza era ya reclamada por un poder paralelo al del Estado, con el que había que aprender a convivir. Y Nayib Bukele negoció.

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