El hombre que quería cambiar al país con poesía

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Foto: Archivo Roque Dalton

“El caso de Dalton es paradigmático porque si por algo es conocida a nivel internacional la literatura salvadoreña o incluso El Salvador mismo, es precisamente por su obra”

Yo, durante mi adolescencia, no supe mucho de Roque Dalton. La única vez que pregunté, mi madre me dijo que había sido un hombre que quería cambiar al país con poesía, y que por eso lo habían matado. Desde entonces, claro, su nombre se quedó grabado en mí, precisamente, como poesía.

Más tarde supe por lecturas o por boca de terceros, que las cosas no habían sido tan sencillas. Que detrás de la mítica figura había existido un hombre, con sus virtudes y sus defectos, pero que marcó el imaginario colectivo salvadoreño.

La juventud lo idolatra, los militantes de izquierda ven en él la voz que no tuvieron, los escritores e intelectuales lo toman como un norte a seguir y la derecha sencillamente lo ignora, como ignora toda expresión artística –sin importar si le es favorable o desfavorable–.

Estudié la secundaria en una época en la que Roque Dalton no formaba parte de los planes de estudio del Ministerio de Educación. Entonces, Hugo Lindo con su “Justicia Señor Gobernador”, Álvaro Menéndez Leal con su “Luz Negra” y Claribel Alegría con sus “Cenizas de Izalco”, conformaban el panorama literario nacional. Claro que Salarrué era de obligada lectura, con sus “Cuentos de cipotes” o “Cuentos de barro”, pero éste, al contrario de los anteriormente mencionados, no buscaba hacer una denuncia evidente.

Las obras de los primeros, por otro lado, no nos fueron explicadas en su contexto. Eran estudiadas como simples textos de ficción que, a pesar de su contenido obvio, no eran relacionadas con el conflicto armado que se vivía en nuestro país. Los maestros se limitaban a hablar un poco de la generación comprometida y de la historia salvadoreña, como algo lejano e irrelevante, sin vincularlo nunca con el momento histórico en que vivíamos, lleno de violencia, denuncias sociales y crisis, que paleábamos de forma cotidiana.

Mi primer encuentro directo con “el poeta” fue, claro está, su obra. Estaba en los primeros años de derecho de Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y en su librería, por unos cuantos colones, me hice de varios de sus libros. Era el primer año de la posguerra. Comencé la lectura por su “El Salvador, Monografía”, que, aunque estoy segura no es la más entretenida de sus obras, me dejó ver la sólida cultura de este hombre que fue asesinado a tan sólo cuatro días de su cumpleaños número cuarenta.

Luego vino su poesía. El “Poema de amor”, que no podía faltar y que ahora releo con tanta emoción, fue de los primeros en llegar a mí. A la distancia y con mejor comprensión de los sucesos que lo inspiraron, estos versos tan llenos de dolor y ternura, siguen siendo unos de los que más conmueve a mis estudiantes de las universidades de Guatemala, país en el que a Dalton se le asocia irremediablemente con Otto René Castillo, otro poeta militante y asesinado.

Un nuevo intento por comprender la figura de Dalton, fue la lectura de “El ciervo perseguido” de Luis Alvarenga (Dirección de Publicaciones e Impresos de CONCULTURA, 2002). En dicha obra encontré no sólo la historia, sino también las causas, y un cierto entendimiento de la personalidad de Dalton, así como de su contexto socio-político, lo que es básico para comprender su obra. “El ciervo perseguido”, dice la nota editorial, “viene a llenar un vacío que los admiradores de Dalton veníamos expresando desde hacía tiempo”, y yo estuve de acuerdo en ello.

Por otra parte, el prólogo de la obra mencionada, me tranquilizó. Yo no era la única en haber ignorado al poeta durante una parte importante de mi educación básica. También Alvarenga confiesa haber llegado al mismo y a su obra, por una vía distinta a la de la educación formal. Un amigo suyo le prestó “Taberna y otros lugares”. Y más adelante afirma que, pese a su formación jesuita en el Externado San José, Dalton eran considerado como un “autor prohibido”.

Recordé entonces la noche en que, conversando con unos amigos, afirmé en la sobremesa que una de las cosas más lamentables de la guerra –aparte de los horrores y las vidas extinguidas, claro está– fue que no pudimos gozar de autores imprescindibles para la cultura salvadoreña, entre los que mencioné a Dalton. La respuesta no se hizo esperar. Alguien quiso saber qué falta podría habernos hecho no leer los poemas de un “comunista guerrillero” como Dalton. Intenté explicarle que la política o la ideología no podían pesar más que el arte o los textos de uno de los poetas que, hoy por hoy, es reverenciado a nivel nacional e internacional, pero no hubo caso. Al igual que el Nobel Miguel Ángel Asturias en Guatemala, de quien, hoy día, aún algunos afirman no leerlo porque fue comunista, su obra está destinada –y quizá hasta haya que agradecerlo– a no formar parte de las bibliotecas de intransigentes.

Y es que, en países como los nuestros, donde la cultura no tiene valor, las ideas políticas y la vida de los autores se entremezclan con su obra. Aún calificamos a un escritor por su forma de ser, por si nos cae bien o no, o si comulgamos con sus ideas y olvidamos sus aportes para construir nuestra identidad y vernos reflejados.

Y el caso de Dalton es paradigmático en este sentido, porque si por algo es conocida a nivel internacional la literatura salvadoreña o incluso El Salvador mismo, es precisamente por su obra. Las dimensiones que ésta alcanzó, no sólo tras su muerte, porque ya antes había gozado de reconocimiento, es algo de lo que ni los mismos salvadoreños estamos aún consientes.

Y es que, tal como manifiesta el crítico guatemalteco y profesor en la Universidad del Estado de San Francisco, Arturo Arias, en su obra “Gestos Ceremoniales, Narrativa Centroamericana 1960-1990” (Artemis Edinter, Guatemala, 1998): “El escritor salvadoreño Roque Dalton (1935-1975) es una de las figuras más altas pero también más contradictorias e incomprendidas en las letras centroamericanas de este siglo.”

Y es que, paradójicamente, pese a que su trágica e ilógica muerte fue causada por sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), fue siempre la izquierda quien lo rescató como figura idealizada, dando así paso al mito del “poeta guerrillero”, que me lleva nuevamente a las palabras que un día me dijo mi madre: “Roque Dalton fue un hombre que quiso cambiar al país con poesía”.

Con Roque Dalton no murió únicamente el hombre, que ya es mucho para unos hijos, esposa, madre, etc., sino que también fue mutilada una parte importante de nuestra cultura. Dalton, que había sido un autor muy fértil, se encontraba en su apogeo, en su mejor momento, en el punto en que un escritor madura sus conceptos sobre el mundo y su país, se interroga y saca nuevas conclusiones. Jamás sabremos qué más habría sido capaz de crear, ni qué nuevas ideas habría podido aportar a nuestro “ser salvadoreño”, pero una cosa es cierta, su obra nos ha formado en nuestro yo y sigue siendo objeto de lectura y búsqueda; pero ya no como material clandestino, ya no como obra de un “poeta maldito”, sino como una parte importante de una historia cuyo final aún no ha sido contado: aquello que verdaderamente ocurrió aquel 10 de mayo de 1975.

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