La guerra por otros medios

20-02-2017
Clausewitz, un notable militar e historiador prusiano fue dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios; lo que permite hacer esta inferencia: la política es la guerra por otros medios…

Pues bien, eso es lo que parece que viene ocurriendo en Es­paña ya desde hace mucho, pero más acusada de un tiempo a esta parte. Como no se han cicatrizado las profundas heridas que dejó la guerra civil (agravadas, aunque ocultas entre el suda­rio en el que fueron envueltas por la dictadura), y ni han hecho nada en esa dirección los llamados a procurarlo, la gue­rra por otros medios empieza a librarse en este país por los políti­cos y periodistas que representan a los bandos de vencedo­res y vencidos en aquella guerra  que no fue precisa­mente una  metáfora.

ABC, La Razón, El Mundo y El País, monárquicos, parásitos, bravucones, chulos y fascistas, por un lado, gente de bien y honesta, por el otro, comparecen de nuevo ante la Historia para volver a protagonizar más de lo mismo puesto que los pueblos que desconocen u olvidan su historia están condenados a repe­tirla. Es decir, aquí tenemos de nuevo otra guerra civil. En esta ocasión y por fortuna, no una guerra abierta armada… todavía, sino una guerra vivida en el escenario de un parlamento que en el corto espacio de tiempo histórico que viene funcionando co­mo tal, siempre ha resultado grotesco y testigo mucho más de vulgaridad, de socarronería, de fullería y de cazurrería que de lu­gar de encuentro de personajes dotados de oratoria, de elocuen­cia o de altura de miras…

Ya digo, la guerra en esta ocasión no ha hecho más que empe­zar. Y es que esta democracia de pacotilla está viciada desde su nacimiento. Ya su gestación estuvo cocinada mucho antes por los designios de un caudillo que promulgó en vida una Ley de Sucesión -la suya- y confeccionó al efecto a un individuo a su medida. Luego llegó el parto distócico; es decir, un alumbra­miento con fórceps del que fue comadrona un ministro de los mi­nisterios principales del sátrapa, quien, como albacea suyo que fue, eligió a unos llamados “padres de la patria” para que bajo su batuta redactasen una Constitución miserable que confi­gurase ranciamente el llamado reino de España; Constitu­ción que obligó a aprobar a la ciudadanía en un aparatoso re­feréndum. Y digo que le obligó, porque la ciudadanía de aquel entonces no vio otra alternativa al sentir sobre sus nucas el frío de los cañones de fusil de un ejército más radical si cabe que el propio dictador en su declive y se apresuró a sancionar con su voto el bodrio constitucional para espantar la amenaza de un nuevo golpe militar. Un golpe que posteriormente, en 1981, se escenificó como ensayo con el objetivo de robustecer la ende­ble figura de un monarca que pasará a la historia como otro más de los reyes lamentables de tan lamentable dinastía.

En efecto, la guerra no ha hecho más que empezar. Sólo nos queda prestar atención para ver en qué queda y a dónde se di­rige este país.

Después de un periodo de histórico jolgorio económico, de in­yecciones de dinero europeo en forma de fondos de cohesión, de gasto, de despilfarro y de entrampamiento nacional que abarcó aproximadamente los primeros veinte años de esta paro­dia de democracia, nos encontramos encallados en una situa­ción controlada nuevamente por los descendientes de los ganado­res de la guerra civil, a los que se les ha unido una ca­terva de políticos viejos que ya habían renegado y renunciado al socialismo genuino. Pues bien, aquellos, es decir, los herede­ros de los ganadores, apoyados por estos, por los beneficiarios directos de esa difusa ideología despojada de pensamiento pro­piamente socialista, y su cohorte de miembros comunes entonte­cidos por el señuelo de un pensamiento nuevo, grande y unitario que recuerda al lema del ideario de aquel infame caudi­llo, son los que ahora integran las filas del bando que nunca ha dejado de ser y de comportarse como bando vence­dor. Y todo ello, en un ambiente político que recuerda los años anteriores a aquella guerra, de constantes provocaciones e insul­tos a la inteligencia que a su vez evocan el grito de  aquel general franquista que en la Salamanca de Unamuno atronó a la concurrencia: ¡Muera la inteligencia”.

No sé si lo logró aquella maldición, pero lo cierto es que la in­teligencia brilla por su ausencia y parece muerta casi desde que empezó la farsa democrática. Antes estaba sólo ahogada. Pues, sea en la investigación, en el arte o en la tecnología que nos llegan de prestado, sea en otros ámbitos de la sociedad, la inteligencia, la imaginación y la mentalidad que preponderan en este país son las del imitador, las del franquista solapado y las del pendenciero que defienden con uñas y dientes sus privile­gios y su derecho a delinquir “legalmente” desde la polí­tica, y no están dispuestos a ceder en su posición de fuerza y sí dispuestos a cualquier cosa para retenerlos, incluso a la guerra.

¿Qué recursos, pues, qué medios, qué instrumentos habremos de utilizar para desbancar a un ejército de atracadores de lo público, de opresores de masas de ciudadanos y ciudadanas des­amparados por el Estado, que viven penosamente? ¿Qué, a quién podremos recurrir para desmontar un orden desordenado de cosas que pasa por el mantenimiento a ultranza del statu quo de los vencedores en aquella guerra y en las confrontaciones domésticas posteriores de cualquier clase, sea la económica, la financiera, la empresarial o la mediática, que no permiten al pue­blo atisbar la más mínima posibilidad de vivir una verda­dera libertad y desahogo?

No lo olvidéis. Si no nos libramos de gentes de esa infame ca­tadura y no confiamos en un nuevo partido político que intenta devolver al pueblo la soberanía que en realidad nunca ha te­nido, desesperemos de lograrlo por lo menos en otro siglo, cuando ninguno de nosotros estemos ya para comprobarlo…

Jaime Richart, Antropólogo y jurista

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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