Entre Davos y la Casa Blanca, la disputa por una nueva hegemonía imperialista

30-01-2017
En medio de las heladas montañas de los Alpes suizos, en la ciudad de Davos, a principios de cada año se reúnen los dueños del mundo, alrededor de 3 mil hombres de negocios, para buscar acuerdos sobre el dominio del planeta, el sostenimiento de su podrido sistema político y decadente economía capitalista-imperialista.

Pero la circunstancia en que se desarrolló la edición 2017 del Foro Económico Mundial (FEM), bajo el confuso lema: “liderazgo responsable y receptivo”, fue para discutir cuatro aspectos fundamentales de la situación actual: fortalecer la colaboración mundial, reformar el capitalismo, revitalizar el crecimiento económico y prepararse para una cuarta revolución industrial.

Dos hechos significativos marcaron este encuentro de magnates provenientes de todos los puntos cardinales del planeta; la ausencia de la representación oficial del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, que en esos días estaba detallando el proceso de sucesión presidencial para despedir a Barack Obama y entregar el poder a Donald Trump. El segundo hecho crucial, fue la presencia por primera ocasión del jefe de Estado chino Xi Jinping, que rompió con la distancia que el gobierno de esa potencia económica mantenía en el foro de Davos.

Ambos hechos descritos tienen un valor sustancial en la reconfiguración del mundo capitalista-imperialista, si nos asomamos un poco más en las razones de este particular escenario. Para ello sólo basta releer los temas, el lema y analizar someramente el discurso que Xi Jinping pronunció en los primeros días del Foro; los periodistas de talla internacional que presenciaron el discurso detallan que el chino hizo una defensa apasionada de la “globalización”, condenó el chovinismo trumpiano y llamó a seguir promoviendo el libre comercio.

Xi Jinping se presentó para asumirse como el timonel del sector de la oligarquía financiera que se encuentra en el espectro neoliberal y reformista; esta reunión se convirtió en la cumbre de un sector de la oligarquía mundial que pretende prolongar la dictadura del capital mediante maniobras artificiales, reformas; es decir, sostener la explotación brutal sobre el proletariado de todos los países y depredar la naturaleza para seguir abultando la billonaria riqueza de esas más o menos 3 mil familias que se adueñan del destino de los miles de millones que habitamos la tierra. En esencia buscan de esta forma evitar una fuerte oleada revolucionaria, que trastoque el status quo actual.

En Washington, D. C., justo frente al Capitolio de la Casa Blanca, el pasado 20 de enero, se condensó la competencia oligárquica de Davos; ahí en el traspaso del poder presidencial a manos de Donald Trump, se reunieron todos los oligarcas que piensan muy distinto de los reunidos en el FEM unos días antes; el discurso, las primeras decisiones y acciones del nuevo mandatario yanqui sintetizan las aspiraciones de este sector oligárquico.

La competencia de los que se reunieron en Davos, es el sector más sanguinario de los imperialistas, son los fascistas, que mediante la exaltación del nacionalismo gran-yanqui, encabezados por un magnate de su tipo, pretenden imponer una dictadura feroz sobre la clase obrera norteamericana y desatar una nueva ofensiva sobre los pueblos del mundo.

Cada tuitazo y cada palabra que vocifera el nuevo inquilino de la Casa Blanca, es agresiva, xenófoba y criminal; cada acción suya tiene millones de víctimas, por ejemplo: la anulación del Obamacare, impediría el acceso a la salud a millones de estadounidenses, y profundizaría la privatización de la salud condenando a multitudes a la muerte, porque los ingresos de los trabajadores y otros sectores populares no alcanzaría a pagar atención médica; la reactivación del oleoducto en Dakota del Norte, es una declaración de guerra contra el pueblo Sioux que logró una victoria contra Obama, quien obligado por la revuelta indígena suspendió el proyecto; el anuncio de construcción del muro fronterizo entre México y Estados Unidos, y la amenaza de que es el pueblo mexicano quien deberá costear ese muro de la vergüenza, es un asalto y agresión a la soberanía de México.

En otra dimensión entra la anulación del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), que el gobierno de Obama venía promoviendo y el anuncio de la renegociación del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN) que entró en vigor hace 23 años entre EE. UU., Canadá y México; porque ambos tratados son claramente ventajosos para los monopolios gringos, los propios agroindustriales norteamericanos han hecho pública su animadversión a la renegociación del TLCAN porque este tratado les ha cuadruplicado sus ganancias durante el tiempo de su vigencia; por su parte el TPP, ponía en charola de plata el mercado, los recursos naturales y la mano de obra barata de todos los países de ambos lados del Océano Pacífico a merced de las trasnacionales yanquis, sometiendo la soberanía nacional a los arbitrajes integrados por los propios monopolios.

Lo cierto es que ni el TLCAN ni el TPP eran benéficos para los pueblos que los involucraban, por lo que el problema, no es que con su anulación o renegociación se pierdan esas formas de dominación imperialista sobre nuestros pueblos, es que tras la anulación y la renegociación de estos tratados se impondrán nuevas y más agresivas formas de depredación de la naturaleza y de sobreexplotación de la fuerza de trabajo del proletariado de los países dependientes. En esa misma dimensión se encuentra la suerte que la OTAN, la OEA y otros organismos internacionales que están amenazados por la dictadura de Trump, los que históricamente le sirvieron al Tío Sam de maquinaria para el control militar, económico y político sobre la humanidad.

Los grupos reunidos en Davos y la Casa Blanca, ahora compiten en esta recomposición de la hegemonía imperialista, son dos caras de la misma moneda, ninguno plantea la negación del dominio de la oligarquía financiera; por el contrario, uno más y otro menos enfático han deslizado amenazas guerreristas, y en los hechos sendas tendencias desarrollan una economía de guerra, alistan sus ejércitos y se disponen a una nueva guerra imperialista.

Por su lado los ladridos nacionalistas y hasta antiimperialistas de los gobiernos entreguistas y partidos burgueses de muchos de los países dependientes del imperialismo sólo buscan distraer la atención de la clase obrera y los pueblos, porque la profunda dependencia de estos se debe fundamentalmente a la política entreguista que durante muchos decenios se aplicó. La verdadera contraparte está en las víctimas de todos ellos, el proletariado y los pueblos de Norteamérica, y de todos los países del mundo, quienes sólo mediante una lucha unificada, mediante una lucha encarnizada que abra una nueva época de revoluciones proletarias, antifascistas y antiimperialistas, podrá poner fin a la tendencia fascista y sus corifeos.

Florentino López Martínez es Presidente Nacional del Frente Popular Revolucionario (FPR) y Vicepresidente de Asuntos Exteriores de la Liga Internacional de la Lucha de los Pueblos (ILPS).

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