Las fotos vivas de El Mozote

35 años después de haber fotografiado la masacre, Susan Meiselas vuelve para encontrar que muchas de las víctimas, y sus historias, apenas comienzan a ser desenterradas.

Susan Meiselas intenta reconocer el territorio. Repasa con la mirada todo a lo largo de la calle principal de El Mozote y dice al fin: “No recuerdo haber entrado por aquí”. Saca de su bolso las hojas de contacto de los rollos con las fotografías que tomó en enero de 1982, durante su primer y determinante viaje a este lugar. Cuadros en blanco y negro de los cuerpos de algunos de los pobladores que habitaron El Mozote y caseríos aledaños. Restos humanos pudriéndose entre estos mismos caminos, tal como ella los encontró dos semanas después de que el Batallón Atlacatl del ejército salvadoreño asesinara aquí a casi mil personas, en diciembre de 1981. Susan Meiselas ha vuelto hoy a la escena del crimen.

Susan Meiselas en El Mozote. Noviembre 2016. Foto Cortesía: Edgar Romero 

Susan Meiselas en El Mozote. Noviembre 2016. Foto Cortesía: Edgar Romero

Se interna con un pequeño grupo por los caminos de tierra que inician detrás de la iglesia y que llevan a casas que ya no existen. Entre ellos van Edgar Romero, fotógrafo y curador salvadoreño, quien es su anfitrión; y dos miembros de la Asociación Promotora de los Derechos Humanos de El Mozote, que representa legalmente a varios familiares de las víctimas. Es el último domingo de noviembre de 2016. Son las 7 de la mañana y ya hay algunos campesinos reunidos. La esperan a ella.

La encuentran en los márgenes de una excavación, delimitada por lo que alguna vez fueran las paredes de una casa. Recientemente, un equipo de forenses argentinos exhumó aquí dos cuerpos: los de una niña y su mamá. “Los forenses vinieron con unos aparatos que pasaban sobre la tierra hasta que sonaban, entonces comenzaron a excavar”, le explica Orlando Márquez. “Son detectores de metal. Ya sabe usted, por si alguien andaba una pulserita, un collar de metal… el aparato suena. Y allí salen los cuerpos”.

Márquez, un hombre fornido que está por cumplir 60 años y oriundo de este caserío, perdió a su padre, a su madre y a tres hermanos durante aquellas jornadas holocáusticas. Él se salvó porque estudiaba en San Salvador. Nos lleva a su casa y allí muestra el vestidito que logró recuperar de su hermana menor, Yesenia Márquez García, asesinada cuando apenas había vivido 18 meses. “De allí lo sacamos”, dice, y señala al suelo al lado de su casa.

Meiselas, quien habla un español fluido, escucha en silencio. Márquez le está contando las vidas de los muertos de sus fotos. Los está identificando. Solo en este lugar fueron exhumados los restos de 15 personas. Tienen nombre y apellido. Pertenecieron a las familias Márquez Guevara. Como los otros cientos, vivieron aquí; vivieron, hasta dos semanas antes de que Meiselas los retratara cadáveres sin saber quiénes eran. Tuvieron el torcido sino de vivir en un territorio en constante disputa entre los dos bandos que peleaban la guerra; a pocos kilómetros de la base de operaciones de la clandestina Radio Venceremos, la obsesión del coronel Domingo Monterrosa, el comandante del Batallón Atlacatl y máximo responsable, al menos en el terreno, de la masacre.

Muchas de sus víctimas permanecen aún bajo la tierra de estos caseríos. Algunas fueron enterradas informalmente por pobladores que volvieron; otras simplemente quedaron sepultadas donde murieron. Pero están siendo desenterradas. No solo las víctimas, sino también las responsabilidades.

El pasado 30 de septiembre, el Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera ordenó la reapertura de las investigaciones sobre la masacre, basándose en la anulación de la Ley de Amnistía decretada por la Corte Suprema de Justicia un par de meses antes. Cuatro años después de que el Estado salvadoreño reconociera ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, durante las audiencias del caso El Mozote, “su obligación de investigar los hechos denunciados, procesar mediante juicio justo y, en su caso, sancionar a los responsables de los hechos planteados en la demanda”. La Corte IDH, en aquella resolución, responsabilizó al Estado salvadoreño por los hechos y lo condenó por impedir el acceso de las víctimas a justicia.

La Corte determinó, con base en los informes de Tutela Legal y de la Comisión de la Verdad y de los testimonios recibidos, que entre mil y 2 mil efectivos del ejército salvadoreño participaron en la masacre, que inició el 10 de diciembre, cuando varias compañías del Atlacatl se encontraron en El Mozote tras el lanzamiento de un enorme operativo militar en la zona norte de Morazán llamado Operación Yunque y Martillo.

Una nota de La Prensa Gráfica del 14 de diciembre de 1981 cita al entonces ministro de Defensa, Guillermo García, calificando como exitoso el operativo, “pues se han destruido varios reductos subversivos –dice la nota-. El objetivo de tal operativo, calificado por el propio ministro como ‘grande’, dijo, es eliminar de una vez por todas los focos terroristas para llevar la paz y la tranquilidad a aquella población”. Para entonces, la mayor masacre contemporánea en América Latina llevaba tres días siendo perpetrada por las tropas del general García.

En 1981, Meiselas era una joven pero ya reconocida fotógrafa. Tenía tres años viviendo entre Managua y Nueva York, retratando la revolución sandinista en Nicaragua y, de vez en cuando,  viajaba a El Salvador para cubrir la guerra. Un año antes había venido para fotografiar los cuerpos de cuatro religiosas norteamericanas de la orden Maryknoll, violadas y asesinadas por miembros de la Guardia Nacional, institución adscrita al Ministerio de la Defensa salvadoreño.

A fines de 1981, Meiselas recibió en Nueva York una llamada del periodista Ray Bonner, del New York Times. Algo terrible había sucedido en El Salvador y debían entrar por tierra desde Honduras para confirmarlo. Bonner también avisó a Alma Guillermoprieto, corresponsal para el Washington Post. Su competencia. Así de grave era.

Meiselas empacó su equipo y se encontró con Bonner en Tegucigalpa. Un contacto guerrillero los llevó hasta Colomoncagua, cerca de la frontera; y allí otro grupo los encaminó por territorio salvadoreño. El 6 de enero entraban a El Mozote y los caseríos aledaños. En El Zapotal conocieron a Rufina Amaya, una mujer de 38 años y hasta entonces la única sobreviviente conocida de aquella masacre, en la que perdió a su esposo y a cuatro hijos. Escondida tras unos arbustos, Rufina Amaya vio cómo los mataban. Bonner habló con ella. Alma Guillermoprieto también habló con ella. Fue, evidentemente, la principal fuente de sus despachos. Meiselas la retrató.

Aquella foto, que muestra a Rufina Amaya sentada en un campo, sostenida con una mano sobre la grama y la otra pegada a su pierna izquierda; con un delantal blanco sobre la falda; cabizbaja, con el cabello recogido, la frente despejada, el ceño fruncido y la mirada perdida en pensamientos inescrutables; confirmó la existencia de una sobreviviente. Evidenció, pues, la masacre.  El retrato de la mujer que sobrevivió se convirtió en la imagen representativa de mil muertos. Hoy, 25 años después del fin de la guerra, esa fotografía de Rufina Amaya es el retrato universal de la madre salvadoreña: aquella que, desde hace siglos, ve morir a sus hijos engullidos por la violencia. Aún ahora.

EL SALVADOR. Rufina Amaya. 1982. Sobreviente de la masacre de El Mozote . Foto Cortesía: Susan Meiselas / Magnum Photos

EL SALVADOR. Rufina Amaya. 1982. Sobreviente de la masacre de El Mozote . Foto Cortesía: Susan Meiselas / Magnum Photos

Las hojas de contacto que ha traído Meiselas muestran un solo cuadro de aquella foto. Ella misma se sorprende cuando se percata: “¡Solo hice un cuadro de Rufina! ¿Por qué? No lo sé. Era la única que tenía la historia. No recuerdo, pero sé cómo fotografío. Es casi por respeto para ella, para no interrumpir su momento”. Ese momento en que Rufina Amaya está con la mirada en otra dimensión. Perdida. Teniendo que dar testimonio de la oscuridad. Del momento más inenarrable. Apenas dos semanas después de haber visto cómo mataban a sus hijos. Una sola foto.

Gracias a Rufina Amaya supimos que los soldados ingresaron a El Mozote y reunieron a todos los pobladores. Después los separaron: hombres por un lado, mujeres y niños por otro. Mientras lo hacían fueron jalando muchachas hacia las colinas: niñas, adolescentes, para violarlas antes de asesinarlas. Rufina Amaya logró escapar del grupo de mujeres en que la formaron y que encaminaban hacia una casa, donde posteriormente las mataron. Ella se escondió detrás de un arbusto y desde allí, sin moverse, escuchó a sus hijos implorar por ayuda. Llamarla. Morir.

Una sola foto. Una. “Una foto puede trascender a través del tiempo”, dice Meiselas. La de Rufina Amaya lo hizo.

Su testimonio, posteriormente confirmado por otros sobrevivientes, estableció que la Fuerza Armada advirtió días antes a los pobladores que se encerraran en sus casas porque estaban por iniciar un fuerte operativo, garantizando que nada les pasaría.

El 11 de diciembre de 1981, a las 5 de la mañana, los soldados reunieron a todos los habitantes de El Mozote en la plaza central, separándolos en dos grupos: uno de hombres y otro de mujeres y niños. A los hombres los encerraron en la ermita; y a las mujeres y niños en una casa. Antes del mediodía todos los hombres habían sido asesinados. Los soldados procedieron a sacar a algunas niñas y jóvenes y las llevaron a los cerros contiguos para violarlas antes de asesinarlas. Las demás mujeres fueron sacadas en grupos de 20, aproximadamente, y llevadas a otras casas, donde fueron masacradas. Después las tropas del Atlacatl prendieron fuego a esas casas.

Los niños fueron los últimos. La mayoría de ellos fueron trasladados y asesinados en un lugar conocido como el convento, una cabaña contigua a la ermita.

Los días posteriores las tropas continuaron con la masacre en otros poblados y caseríos: La Joya, Ranchería, Los Toriles, Jocote Amarillo, Cerro Pando y Cerro Ortiz, en los municipios de Meanguera y Arambala.  En total, la Asociación Promotora de los Derechos Humanos de El Mozote cuenta un millar de víctimas, la mitad de las cuales eran menores de edad.

Pocos días después, guerrilleros del FMLN encontraron a Amaya y la Radio Venceremos denunció la masacre. El gobierno salvadoreño acusó al FMLN de inventarse aquello con fines propagandísticos.

El 27 de enero, cuando las fotos de Meiselas fueron publicadas en las portadas del New York Times y el Washington Post, con las correspondientes notas de Bonner y Guillermoprieto, los gobiernos de Estados Unidos y El Salvador respondieron que la guerrilla misma había matado a aquellos campesinos para responsabilizar al ejército. La embajada estadounidense reportó a Washington que ni siquiera había tantos habitantes en esa zona.

“Mis fotos hacían innegables esos muertos, pero no eran capaces de dimensionar la escala de la masacre”, dice Meiselas.

Cuando algunos de los familiares de las víctimas recibieron la noticia y retornaron a sus caseríos, dieron rápida sepultura a las osamentas que lograron encontrar.

En 1992, tras la firma de los Acuerdos de Paz, el Equipo Argentino de Antropología Forense inició las exhumaciones en el área. De la primera fosa que trabajaron recuperaron 136 osamentas de niños y niñas, a las que calcularon un promedio de edad de 6 años. En esa misma fosa también recuperaron los restos de una mujer en su tercer mes de embarazo.

El periodista estadounidense Mark Danner atestiguó la recuperación de aquellos cientos de osamentas y en un largo reportaje publicado en 1993 en la revista The New Yorker dio cuenta también de cómo tanto el ejército salvadoreño como el gobierno estadounidense habían conspirado para encubrir el hecho. La guerra global contra el comunismo había sido más importante para Washington que mil campesinos salvadoreños asesinados. Además, los asesinos habían sido entrenados por Estados Unidos.

La Ley de Amnistía de 1993 impidió la apertura de un juicio.

En 2015 se reanudaron las exhumaciones. Equipos de Medicina Legal y de antropólogos canadienses encontraron 36 osamentas, de las cuales lograron identificar y devolver a sus familiares 24. Entre noviembre y diciembre de 2016, el equipo de antropólogos forenses volvió al lugar y encontró otras 46. En total se han recuperado los restos de unas 400 personas, aunque no todas han sido identificadas. Más de la mitad de las víctimas permanecen bajo la tierra de estos caseríos. Por el momento las exhumaciones han terminado.

En la medida en que identifican más osamentas, los familiares se reencuentran con sus propias historias. Susan Meiselas también se está reencontrando con la suya.

“En aquel momento, en El Mozote, pensé en denunciar la masacre, en la verdad, pero sabía muy poco. ¿Por qué me cuesta tanto hoy mapear el pueblo? ¿Será porque tenía miedo de irme pronto?”, se pregunta Meiselas.  Sobremonta las fotos ampliadas que ha traído al paisaje que tiene enfrente. Está desafiando a la memoria con documentos. Edgar Romero, su anfitrión salvadoreño, sostiene una de las fotos, en la que se observa una calle adoquinada con casas al lado. Ambos, Meiselas y Romero, comparan la foto con el territorio. Dudan. “No –dice Romero-. Esto no es aquí. Esto debe ser en Arambala”.

Romero ha dedicado muchos años a recopilar y a difundir la memoria fotográfica del país. Al terminar la guerra fundó el Photocafé y desde hace varios años organiza anualmente ESfoto, una exposición del mejor trabajo fotoperiodístico de Centroamérica. El viaje de Meiselas, que él organizó, incluyó un taller para fotoperiodistas y una conferencia pública en San Salvador. Romero recogió a Meiselas en el aeropuerto y se vinieron directamente a Morazán. Ella quería volver a El Mozote antes de hacer otra cosa.

Hoja de contacto de Susan Meiselas.  El Mozote 1982. Susan Meiselas / Magnum Photos

Hoja de contacto de Susan Meiselas.  El Mozote 1982. Susan Meiselas / Magnum Photos

Es su cuarta visita al lugar, para continuar un diálogo permanente que mantiene con su propia memoria del horror. Ve los cimientos aún cenicientos de casas donde decenas de personas murieron quemadas; se sorprende con viviendas de pie, que no recuerda. “Esas casas no estaban aquí entonces”, le dice Orlando Márquez. “Aquí no quedó nada”.

Llegamos a un terreno baldío. La hierba y plantas que han crecido sin podas cubren el piso. Entramos apartando ramas hasta un lugar en el que la vegetación ha sido macheteada y la tierra del suelo removida. Dorila Márquez, una mujer mayor, señala al suelo. Dice que allí están aún los cuerpos de su papá, su mamá, su hermana, su hermano y cuatro sobrinos. La tierra fue removida por el equipo argentino, que no los encontró. “No excavaron donde se esperaba, donde yo les dije. Yo ya no quise que siguieran excavando”, dice Dorila Márquez. “Ya no quise”.

Varios años antes de enojarse con los antropólogos forenses, Dorila Márquez viajó a Ecuador a rendir testimonio ante la Corte IDH. La resolución de la Corte la cita como una de sus principales testigos. Ahora parece cansada de tantos años de buscar justicia. Quizá por eso, después de anunciar que allí siguen los restos de sus familiares, se ha quedado un poco atrás, a la sombra de un árbol que ha crecido allí donde antes había un piso de tierra que sostenía el comedor, mientras otros le explican a Meiselas los pormenores de las exhumaciones. Márquez me cuenta su historia en voz baja.

Los días de la masacre, ella estaba en La Ranchería, uno de los caseríos aledaños, pero el Batallón Atlacatl nunca vio su casa. Por eso sobrevivió. “(Varias semanas) después nos desplazaron hasta unas champas de la Cruz Roja en Arambala, por allí pasaba el Batallón Atlacatl y por allí todavía andaba Monterrosa. Yo les hacía las tortillas a los soldados”.

Le pregunto a Dorila Márquez por qué alimentaba a los asesinos de su familia. Ella responde con la lógica de la pobreza: “Ellos andaban buscando quién les vendiera las tortillas”.

Dorila Márquez, cristiana devota, lo cuenta sobre la tierra que esconde aún los cuerpos de su familia. Los asesinos, dice, hablaban con ella cada vez que patrullaban la zona. “Los soldados me enamoraban. Pero yo siempre les rehuía y no les quería decir nada. Una vez no aguanté más y sí les dije que yo era de El Mozote y que ellos me habían matado a mi familia. Eran dos soldados. Me dijeron que sí, que era verdad. Por eso, dijeron, cuando le preguntamos por su familia usted aprieta los dientes, usted nos odia. No, les dije, no los odio. A ustedes les dieron órdenes. Y es verdad, yo no los odio. Ni aun a Monterrosa. Esa orden venía de lo alto”.

Volvemos a la plaza. Como parte de esta visita, Meiselas ha traído un par de impresiones de fotos suyas para donar a la pequeña exhibición que los pobladores han montado en un quiosco en la plaza. Una de ellas es de su segundo viaje al lugar, y retrata la escultura de metal que representa a una familia y que fue el primer memorial de la masacre, de autoría anónima. La escultura aún se encuentra en la plaza. Las primeras fotos de la masacre, en las que se ven algunos cuerpos en descomposición y un triciclo volteado en la calle principal, están colgadas en el quiosco.

El viaje de Meiselas con la columna guerrillera, en 1982, bastó para lograr un registro de la masacre. Pero fue tan rápido y tan intenso que no le dio tiempo de registrar mucho en la memoria. No recuerda, por ejemplo, quién le sirvió de guía, pero sigue buscándolo. Como si deseara reconstruir todo lo que no pudo dejar grabado. “Hoy, 35 años después, supe quién me llevó de Tegucigalpa a Colomoncagua”, dice. Lo supo porque, después de preguntarle a quien pudo, se lo preguntó a una excombatiente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Y ella sí lo sabía: a los periodistas estadounidenses los guio un guerrillero que murió un año después.

***

Meiselas se mudó a Nicaragua en 1978, después de leer en un periódico sobre el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro. Pronto sus fotos sobre la revolución sandinista se convirtieron en el mejor vehículo de lo que sucedía entonces. Su foto más conocida es llamada El Hombre Molotov y muestra a un joven combatiente sandinista, en medio de una ancha calle, en el momento de lanzar un coctel molotov con su mano derecha, mientras con la izquierda mantiene erguido su fusil; tiene un gesto de tremendo esfuerzo en el rostro, bajo una boina negra a lo Che Guevara. Del pecho sale un crucifijo plateado, impulsado por el movimiento, que permanece sujeto solo por una cadena, sobre la casaca verde olivo. Atrás de él, otro combatiente lo observa hincado tras una barricada; y otro más cerca lo observa agachado. Al fondo de la escena hay un tanque. Es considerada como una de las 100 fotografías más influyentes de la historia. Meiselas se quedó en Nicaragua tras la entrada de los sandinistas a Managua, retratando la nueva vida en un pequeño país centroamericano donde la revolución había triunfado, en plena guerra fría.

Su portafolios nicaragüense es una celebración a colores de la revolución. Incluye combatientes enmascarados, casi teatrales, avanzando hacia el aplauso de su pueblo, hacia la construcción de la utopía. Hombres gordos de edad mediana blandiendo rifles, participando en la lucha popular. Héroes como el Hombre Molotov. Niños en los mercados observando coloridos soldaditos de plástico. Mujeres comandando con aplomo a las tropas. También el horror de la muerte, pero siempre junto a personas que parecen ofrecerse como relevos en la lucha. Incluso sus fotos más crudas parecen iluminadas por la esperanza.

Su portafolios de El Salvador, en cambio, es la iconografía de lo macabro, en blanco y negro. Retenes militares. Helicópteros artillados. Religiosas orando ante los cuerpos de sus compañeras violadas y asesinadas. Los cuerpos en descomposición de El Mozote. Cadáveres arrastrados o colgando de camiones militares.  Niños viendo los cadáveres.

“Nicaragua parecía un lugar lleno de esperanzas, incluso durante la guerra. El Salvador, en cambio, siempre me pareció un lugar peligroso. Tétrico”, dice. Eso explica el cambio de rollos.

En 1979, durante un viaje a El Salvador, Meiselas tomó otra de sus imágenes más conocidas y una de las pocas a color: las impresiones con pintura blanca de dos manos sobre una puerta de madera roja de una casa de Arcatao. La firma del escuadrón de la muerte conocido como la Mano Blanca. La señal de que en ese lugar vivía un “comunista”; una advertencia que solía terminar con el asesinato o la desaparición de quien vivía en esa casa.

Este año, con la ayuda de Edgar Romero, supo por fin quién había sido la víctima: Ernesto Menjívar, hermano de la actual ministra de Salud, Violeta Menjívar. “Hablé con gente de Arcatao hasta que supimos que era la casa de la familia Menjívar. Después hablamos con su sobrina y finalmente pudimos hablar con una de las hermanas”, dice Romero. Zoila Menjívar los recibió y les contó que las manos blancas aparecieron en la puerta de su casa en agosto de 1979. La familia decidió irse, pero Ernesto no se quiso ir. Fue asesinado el 14 de octubre. Probablemente la última víctima del régimen del general Carlos Humberto Romero, que terminó al día siguiente mediante un golpe de Estado. “Hay toda una historia detrás de esa foto que yo desconocía, hasta hoy”, dice Meiselas. Y sigue buscando.

“Hay otra foto que ando tratando de encontrar en Cuscatancingo. En este viaje no pude volver al lugar donde la tomé, porque hoy la violencia proviene de las pandillas”, dice. La foto, en blanco y negro, muestra a unos uniformados parados frente a un camión militar, del que cuelga una víctima, posiblemente un guerrillero. Hombres, mujeres y niños observan la escena. “Edgar ya ha comenzado a preguntar a alguna gente si reconocen a alguien en la foto”.

Tanto ella como Romero hablan de armar un rompecabezas. Como si aquellas fotos escondieran las piezas. Un rompecabezas cuya ensambladura final no se conoce. “Es nuestra historia”, dice él. Le pregunto a Romero qué busca al hacer esto. “Al final, creo que ando buscando mi propio pasado. Buscando a mi papá y a mi tío”, dice.

El padre de Edgar Romero, que también se llamaba Edgar, era profesor. Lo asesinaron en Chinameca, el 23 de marzo de 1980 (un día antes de que un francotirador asesinara en San Salvador al arzobispo Óscar Romero, con quien comparte apellido pero no parentesco). Un mes después, en las afueras de la Universidad de El Salvador, mataron a su tío, Wilfredo Menjívar. “Nos llamaron para decirnos que lo habían matado. Cuando llegamos para recoger el cuerpo ya se lo habían llevado. Nunca lo encontramos”.

Meiselas, en cambio, no tiene tanta claridad sobre su búsqueda personal. Su retorno a El Mozote. “Sé que tengo aún un involucramiento personal con la historia. Volver no responde a una curiosidad intelectual, sino a una especie de necesidad”, dice. “Tomas una foto y se queda fija, pero la vida continúa y para los sobrevivientes la memoria se va transformando. No sé cómo hacer que las fotos reflejen eso también”.

Lo que ninguna de sus fotos podría explicar es que, hoy, la Fuerza Armada sigue rindiendo homenaje al coronel Domingo Monterrosa y que los estudiantes salvadoreños del siglo XXI terminan sus estudios sin que les enseñen lo que pasó en El Mozote aquel diciembre de 1981. La peor masacre latinoamericana de la Guerra Fría.

Danner, el periodista de la revista The New Yorker que publicó el reportaje en 1993, escribió también un libro, publicado el siguiente año. Apenas en 2016 fue publicada la primera traducción al español de su libro, por la editorial hispano-mexicana Malpaso. Se titula simplemente Masacre. Aún no ha llegado a las librerías salvadoreñas.

Después de sus compromisos en San Salvador, Meiselas regresó a la zona de El Mozote para ver las exhumaciones que hacían los forenses argentinos. El campo de trabajo, en Cerro Pando,  estaba delimitado por una cinta amarilla. Adentro: policías, fiscales, forenses. Afuera: fotógrafos, reporteros y camarógrafos. “Acababan de sacar una calavera y todos la estaban rodeando”, recuerda. “Los trabajadores me invitaron a tomarme una foto con ellos. Es lo último que me imaginé”. Meiselas se saltó la cinta amarilla y posó con ellos. Ahora era ella la fotografiada.  “La familia estaba dividida, con algunos de sus miembros que no querían abrir la tumba. Todos siguen tratando de responder algunas preguntas, de poner piezas juntas”.

El Salvador, le digo, aún no ha terminado de resolver esa masacre. “Tampoco Estados Unidos”, responde. Tampoco ella.

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