Elecciones en USA. La Clinton

03-11-2016
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Investigaciones recientes lastran a Hillary Clinton en su campaña electoral. E-mails muestran la cara más perversa de la demócrata: su estilo político.

El comentario llega de Washington, lo firma Veit Medick y es de ayer mismo, y da mucho que pensar.
Los demócratas se hallan enojados y revueltos contra el jefe del FBI James Comey. ¿Cómo puede soltar semejante bulo o sospecha gruesa cuando en modo alguno es claro  que los e-mail aparecidos desvelen elementos altamente confidenciales? ¿Y qué decir sobre la praxis usual de no hablar, de olvidar, callar… sobre las investigaciones en curso?

Es cierto, hay cosas que llaman la atención en el modo y manera en el que el FBI trata el asunto de los  “nuevos” e-mails. Pero resulta muy interesante dejar de lado, de momento, a James Comey en su oficina, prescindir de sus motivos posibles y alejarnos de la polvareda levantada por la policía federal en la fase final de la campaña electoral USA. El asunto de los e-mails, endosados a la demócrata desde hace medio año, el denominado affare o asunto de la Clinton, no es un invento del FBI. Por tanto examinemos.

La Clinton no es una criminal, ni siquiera indiciariamente, dice  Veit Medick (cosa que para mí y otros muchos sí lo es), pero tiene una visión de lo que quiere y pretende con su país, tiene una biografía que no deja indiferente a nadie y posee -en contra de la opinión corriente del país- un marcado espíritu justiciero, que aparece tanto en su fase política inicial como en sus ideas e iniciativas actuales. El asunto de los e-mails y su modo de tratar los persigue terca y obstinadamente no solo porque destaca y pone a la vista de todos su lado personal más perverso, sino porque además aclara lo antipática y ajena que puede llegar a ser su política.

Clinton y su marido Bill han cultivado desde décadas un estilo, que a muchos ciudadanos espanta y ahuyenta. Y algunas pruebas de ello se encuentran en esos e-mails, que ofrecen los servidores privados de Clinton y en otros que los wikileaks han dado a conocer la últimas semanas del ámbito de la candidata: esa naturalidad con la que se aprovecha y utiliza cualquier escondrijo, esa su dureza e impiedad frente a los enemigos, su inclinación y tendencia a confeccionar sus propias reglas, su predilección y disposición a ver la política como una especie de torneo deportivo de lucha, un deporte de combate, como arena en la que se enfrentan buenos y malos sin matices ni campos o posiciones intermedias y en la que no juega papel alguno los amigos.

No se necesitan hackers para hacer patente y mostrar las actitudes de los Clinton, a menudo resultan muy visibles para todos, por ejemplo cuando la candidata en un congreso sobre el ataque a Bengasi, manifestando su desinterés y aburrimiento, se cepilla y sacude el polvo de su jersey para irritar  a sus enemigos, o cuando ella  clasifica y mete a una parte de los electores norteamericanos en el “cesto de los deplorables, de los miserables”, o cuando sonríe con indiferencia manifiesta ante los ataques y acusaciones por sus e-mails privados como si sus críticos no merecieran respeto alguno, o cuando sufre el desfallecimiento en la ciudad de New York y una hora después saluda a las cámaras con el mejor humor del mundo y afirma estar maravillosamente.

No se trata aquí de clasificar a las mujeres con otros parámetros que a los hombres. Sino de destacar sencillamente momentos en los que se da la sensación de estar en su salsa, de practicar el deporte favorito, da expresar el meollo, la esencia de los Clinton, de mostrar ante la nación su papel en este juego: el de una candidata artificial
Nada de esto es punible, y sin duda con sus debilidades y fallos sería mejor presidenta que su rival. Pero su estilo político es un problema, sería de desear que lo cambiara, ganaría con una mayor transparencia, siendo más comunicativa, más abierta, mostrando una mayor capacidad para meterse y colocarse en el mundo y punto de vista de quienes la critican y atacan.

En el fondo debiera negarse, dejar de ser sí misma, algo que no tiene por qué irle mal pero que conlleva el gran peligro de potenciar aún más lo que realmente se quiere evitar: la falta de naturalidad.

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