Brexit. Crecen las voces que advierten de una posible salida del Reino Unido de la Unión Europea

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Primero fue Grexit, la combinación de Greece (Grecia) y exit (salida). Ahora es Brexit o Brixit para referirse a una posible salida del Reino Unido de la UE (British exit). El Reino Unido, donde el año que viene unos celebrarán y otros lamentarán el cuarenta aniversario de su adhesión a la UE, se encuentra con que el Canal de la Mancha, que le separa del continente física, mental y políticamente, se está ensanchando de forma irreversible. Y no tanto porque el Reino Unido haya cambiado de posición, que lo ha hecho desde la llegada de David Cameron al poder, sino sobre todo porque el continente se ha puesto en marcha, dejando al Reino Unido atrás. Para los diplomáticos británicos, que han dedicado décadas a entretejer una relación entre Londres y Bruselas que garantizara al Reino Unido un máximo de influencia con, a la vez, un mínimo de cesión de soberanía, se trata sin duda de una debacle de primera magnitud.

Tras una década de reformas institucionales, existía en Europa un amplio consenso acerca de que el Tratado de Lisboa (2009) marcaba el máximo de integración al que llegaría la UE. La UE a 27, se pensaba, era tan grande y tan diversa que había tocado techo, lo cual convenía sumamente a los intereses del Reino Unido, siempre receloso de ir hacia más integración. Pero, además, de forma mucho más beneficiosa para Londres, la desafección hacia el proyecto europeo mostrado en países como Francia o Países Bajos, ambos miembros fundacionales de la UE, permitía conjurar un segundo peligro: el de que se estableciera una Europa rígidamente dividida en un núcleo altamente integrado y una periferia fragmentada e inconexa en donde habitarían los estados miembros que no quisieran o pudieran seguir el ritmo de integración de los demás y optaran por salirse o no sumarse a determinadas políticas (la libre circulación de trabajadores, el euro, la política social o la política de defensa).

Ese statu quo permitía al Reino Unido estabilizar sus relaciones con la UE en un punto cómodo y previsible, beneficiarse económicamente de ser el centro financiero de un continente cuya moneda no compartía y hacerse valer como socio de primer orden en política exterior y de seguridad. Todo este diseño se ha ido al garete como consecuencia de la crisis financiera abierta en 2008. Por un lado, la Unión Europea ha iniciado un proceso de centralización económica precisamente en torno al elemento que más separa al Reino Unido de Europa, el euro, al que Londres nunca podrá sumarse dada la existencia de una sólida mayoría interna en contra de dar ese paso. Pero el problema de Londres no es permanecer al margen de la unión bancaria, fiscal y económica que, de facto, convertirá a la UE en una federación económica, sino lograr que las normas que regularán esa unión no le afecten negativamente, especialmente a su potente sector financiero. La respuesta no es fácil; aunque el Consejo puede reunirse en formación euro y tomar medidas sólo para sus miembros, la Comisión y el Parlamento Europeo no pueden dividirse en dos y gobernar o legislar sólo para los miembros de la eurozona. En una unión más integrada Londres tendrá que aceptar las decisiones que se tomen, aunque le perjudiquen, o marcharse, pero no podrá, como en el pasado, liderar selectivamente aquí y bloquear allí para maximizar su influencia.

Todo esto ocurre, para agravar las cosas, en paralelo a un cambio fundamental en el trasfondo geopolítico europeo. Europa siempre ha sido un equilibrio a tres entre Londres, París y Berlín, cada uno con sus diferentes visiones económicas y de política exterior, lo que abría múltiples posibilidades de colaboración y negociación. Pero ahora, el desplazamiento de poder hacia Alemania, tanto debido a su éxito económico como a la marginalización creciente de Francia y la imparable irrelevancia europea del Reino Unido (que ya ni siquiera consigue, como antaño, aglutinar a los socios de Europa Central y Oriental), significa que la Unión Europea se está articulando como un núcleo fuertemente integrado en la esfera económica bajo hegemonía política y normativa alemana. Hace una década, Schröder en Alemania y Blair en Reino Unido, compartían una agenda reformista. Hoy, por el contrario, sus sucesores conservadores, Merkel y Cameron, carecen de una agenda común y tampoco comparten una visión de política exterior y de seguridad que les pudiera mantener unidos por fuera del euro. El resultado está a la vista: el primo anglo y la prima sajona se dan la espalda y se marchan cada uno por su lado.

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