Izquierda

02-02-2016
Las discusiones se abren paso entre la misma izquierda, cuando de ser congruentes ante una coyuntura política se trata, y es que, el posicionamiento político que se toma en un contexto determinado, marca en gran medida la vida del militante de izquierda, quizás no como una lección más de vida -sea positiva o negativa- sino como una responsabilidad ante el futuro. Una legitimación de sus argumentos ante futuros escenarios de divergencia. Al menos eso debería ser el origen de esas discusiones.La realidad nos muestra que el termino de izquierda que se maneja en los grandes medios de comunicación, muchas veces cae en el vació ideológico, incluso se le quita el carácter de ideología para representar meramente una decisión aislada del conjunto de problemas sociales. Así se presentan problemas sectoriales, como el climático, de género, pro derechos animales, indigenistas, etcétera, como banderas de izquierda, y de hecho lo son, pero siempre se presentan éstas banderas como reivindicaciones aisladas y meramente de trato jurídico. Se despoja intencionadamente al término de “izquierda” de ser una cosmovisión transversal del mundo, que toca todas las membranas de nuestra convivencia social y tiene su principal preocupación en la forma de cómo nos organizamos en la producción y distribución de los bienes materiales que garantizan nuestra existencia.

Ser de izquierda responde necesariamente al contexto en el que nos ubicamos. Cuando apareció ésta distinción entre izquierda y derecha en la revolución francesa, la derecha representaba las ideas e intereses de la monarquía y la aristocracia, mientras que la izquierda a las distintas facciones de revolucionarios que tenían en común echar abajo todo el sistema anterior, desde entonces el termino derecha-izquierda representa a quienes desean mantener las cosas como están, porque a sus intereses así les conviene y aquellos (izquierda) que buscan transformar la realidad para buscar opciones de desarrollo que erradiquen la situación imperante. Estas posiciones encontradas eran el resumen de grandes contradicciones que se presentaban en todos los aspectos de la vida francesa del siglo XVIII, y no sólo de un sector.

Ante la victoria de los revolucionarios burgueses de Francia, la consolidación del capitalismo y la cosmovisión liberal se expandió en todo el mundo moderno, por lo que la izquierda representó a finales del siglo XIX la lucha contra la explotación capitalista. Así se configuraba un nuevo escenario de posiciones políticas encontradas en toda Europa, la derecha representaba los intereses de los grandes capitales industriales y la izquierda a los obreros explotados; éstas posiciones encontradas se basaban en la principal contradicción del mundo capitalista, la propiedad sobre los medios de producción, es decir, la propiedad de las fábricas, bancos y talleres. Unos pocos eran dueños (capitalistas) mientras que los que generaban la riqueza (obreros) carecían de ésta propiedad. Fue la Revolución Rusa de 1917 la que concretizó la lucha entre éstas dos visiones del mundo, saliendo victoriosa la clase obrera, socializando paulatinamente la propiedad de fábricas y bancos.

Por esas fechas de inicios del siglo XX, nuestro país estaba también en un proceso revolucionario, no del tipo ruso, de lucha de clases entre obreros y burgueses, sino uno con características propias, por ser México un país semicolonial en manos de capitales estadounidenses y británicos principalmente, quienes eran dueños de tierras, ferrocarriles, petróleos e industrias estratégicas para el desarrollo de México. La poca tradición de clasificar entre izquierda y derecha la lucha política en México era evidente, sin embargo, en esencia era la misma, la disputa entre mantener las cosas como estaban o cambiarlo buscando una vía de desarrollo independiente.

La Revolución Mexicana fue sin duda una lucha entre la aristocracia porfirista, hacendaría, de empresas extractivistas, de capitales extranjeros contra campesinos sin tierra, pequeños grupos de obreros y una burguesía nacionalista que se contraponía sus intereses a los extranjeros. Una revolución democrática, antifeudal y antiimperialista por sus demandan esenciales.

Es de notarse que la revolución mexicana no fue una lucha de clase contra clase, como si lo fue la revolución francesa y la revolución rusa, sino por la compleja situación de ser un país semicolonizado, México necesitaba primeramente desarrollarse con independencia, el capitalismo mexicano se desarrolló de manera deforme, la ascendente burguesía no podía competir con el capital internacional, por lo que sólo se desarrollaba en industrias menores y de poca envergadura, de ahí que en la primera década del siglo pasado la clase obrera no representaba un gran sector de la sociedad mexicana, por lo que la conciencia de lucha socialista (orientación ideológica de la revolución rusa) no podía imperar en las demandas revolucionarias, no así, la lucha campesina resumida en la lucha zapatista.

Por el característico desarrollo histórico de México, la Izquierda representaba y representa la lucha contra el capital extranjero en las estratégicas áreas productivas de México (petróleo, minería, agua, electricidad, tierras, comunicaciones, etc.) mientras que la Derecha representaba y representa los intereses de la oligarquía nacional pro imperialista, es decir, aquellos intereses de empresas extranjeras, o grupos transnacionales que buscan apoderarse de los bienes estratégicos de la nación. Así México fue testigo de esa lucha durante gran parte del siglo XX, como ejemplo las nacionalizaciones de la industria petrolera en el sexenio cardenista y de la electricidad en el sexenio de López Mateos (izquierda) y los intentos por frenar esa política nacionalista por parte del Partido Acción Nacional (Derecha), estratégicamente fundado en 1939, un año después de la expropiación petrolera.

A la política de nacionalizaciones se vino la traición del Partido Revolucionario Institucional a los ideales de la revolución, así a partir de 1982 la política económica neoliberal, vino con su ideología a privatizar todo lo conquistado por las fuerzas izquierdistas en sexenios pasados. Hoy día y tras treinta años de neoliberalismo, la industria petrolera, la eléctrica, las minas, las comunicaciones, se están entregando al capital extranjero, volviendo así nuestro país a profundizar su carácter semicolonial, volviéndonos así al porfiriato.

En nuestros días, los términos están claros, la izquierda lo representan aquellos quienes luchan contra el neoliberalismo y su saqueo, y la derecha aquellos quienes buscan garantizar con “reformas” a la ley los intereses de las empresas transnacionales y grupos empresariales muy acaudalados en México. La izquierda no debe ser encasillada a luchas meramente sectoriales, sino que debe atender a una de las contradicciones principales en México, la lucha contra el neoliberalismo. Ahí se encuentra el punto de convergencia de los demás problemas sociales, erradicando la ideología neoliberal avanzaremos mucho en la lucha por el medio ambiente, por la efectiva inclusión de comunidades originarias, por el reconocimiento de los derechos de la comunidad lésbico-gay, avanzar en derechos de los animales, y un muy amplio etcétera. La izquierda es y debe ser una propuesta netamente democrática y antiimperialista.

Discusiones entre izquierdistas pueden haber muchas, unas centradas en el programa político, otras, en las coyunturas y formas de luchas locales, pero sin duda deben estar alineadas a la lucha contra las privatizaciones. En el escenario actual el único partido político de corte antineoliberal es MORENA, que con todos sus errores, limitaciones y debilidades que pueda tener, los izquierdistas debemos apoyar, cómo única rendija legal viable para sacar del poder a los neoporfiristas. Que la coyuntura estatal no disperse los esfuerzos por cuidar y desarrollar al único partido de izquierda en México. Esa es la tarea de un militante de izquierda.

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